Ricard RoblesNiños Malos

Cuando los ochenta estaban apunto de finalizar, recibí una carta que me sorprendió por su calidad contundente y porque trasmitía la mentalidad de una nueva generación. El autor era un joven nacido en Esparreguera que ponía discos raros en la emisora local y que había tenido un buen profesor de literatura en el instituto. Buscaba una oportunidad para seguir creciendo culturalmente con dignidad. Hablar de cultura le resultaba pedante. Prefería intercambiar puntos de vista sobre consumos culturales, “algo mucho más cotidiano”, apostillaba. Y escapar de las convulsiones psicóticas destructivas que estaban pulverizando a buena parte de su generación.

Pocos días después quedamos, hacía frío y fuimos a cenar -acto surrealista- a un restaurante desierto de la plaza mayor del Pueblo Español de Barcelona. Aquel lugar de cartón piedra nos transportó al corazón de una villa castellana en decadencia. “Me interesa conectar con gente que conozca realidades que yo no manejo”, me dijo. Corrían tiempos en los que en la ciudad de los falsos prodigios estaban de moda las peluqueras, los diseñadores, los arquitectos olímpicos, los especuladores inmobiliarios y la cocaína.

“La única obsesión que recuerdo de la adolescencia sin contar mi afición por la música era huir del pueblo, que no era peor que otros, por lo gris, triste y mediocre que lo veía. Las familias de toda la vida eran reaccionarias y mezquinas; todo el tiempo trataban de aparentar no sé sabe qué. Lo mejor que tenía el pueblo era la gente que había emigrado de otros pueblos de España. Tampoco me interesaban las actividades socioculturales de los adolescentes. A los diecisiete años conseguí mi primer empleo en un centro de reinserción de hijos de familias desestructuradas y me matriculé en periodismo. ¡Qué desfachatez! Agazapados en unos planes de estudio completamente irracionales, los profesores no te despertaban ninguna inquietud y me sentí en el colegio otra vez. Dejé la universidad en segundo”.

Ricard conecta con jóvenes de varios pueblos, crean una pandilla y, en busca de un ambiente cosmopolita, dan de bruces con la fauna de la noche “off” de Barcelona. Distrito, Metropol, Liquid, Esser… “Entre el 82 y el 85 di todos los tumbos que pude y me metí en donde hiciera falta. Descubrí la mescalina, que era una droga de calidad, no como las de ahora que dan miedo por lo destructivas que son. Me divertí y amplié mis horizontes en todos los sentidos aunque aún no tuviera un proyecto sólido. A mucha gente le apasionaba la misma música, pillé cosa nuevas y me di cuenta de que la música dice mucho de quien la pone”. Ricardo era fan de Joy Division, Depeche Mode, New Order. Fue entonces, cuando el alcalde socialista de Esparreguera le propuso pinchar discos por la noche en la emisora municipal. Ricard no pretendía cambiar nada, la emisora era un arma para ganar elecciones y se limitó a poner su música. “Soy intransigente por placer y jamás me ganaré la vida poniendo discos que no me interesen”. Recuerdo esta frase con precisión pues con ella me ganó. Y me dije: A este chaval lo quiero en Ajoblanco en cuanto haya un hueco.

Tres años antes de nuestra primera cena, una mañana de setiembre, Ricard subió a un avión para Canarias a toque de corneta. La mili no le agobió. Con discreción se lo monta en las islas afortunadas, aprende a vivir solo y se olvida de Cataluña hasta que termina la mili y vuelve. “El mundo de la noche se había masificado y ya nada era igual. La cocaína había entrado con furia y la magia se había extinguido. Ya no se salía para descubrir y divertirse sino por vicio, desesperación o inercia. Y me dije: a tomar por culo. Dejé mi grupo de colegas y empecé a dar vueltas a mi aire. Ahora trabajo en una agencia de publicidad de Barcelona y te he escrito. Tu revista es de lo más decente”.

Los años corren. Ricard estuvo trabajando como periodista dos años en Ajoblanco y nos hicimos amigos. “El Ajo supuso para mi una ruptura y un gran salto en libertad. Tras publicar la entrevista con Kraftwerk, los padres de la música techno, un día fui en busca de la historia de Sergio Caballero y Enric Palau. Ambos coordinaban la música electrónica y experimental para el pabellón de España en la Expo de Sevilla. Pasé con ellos una tarde espléndida en una fiesta en el faro de Montjüic y nos mantuvimos en contacto. En 1993, Teddy Bautista, de SGAE, emocionado ante el trabajo que hacían Sergio y Enric, les propuso que pensarán algo para este país sobre este tipo de música. Me lo comentan, pensamos un poco y parimos un modelo de festival que no existía en ninguna parte y que aun sigue vigente”.

Sónar, el festival urbano de músicas avanzadas y arte multimedia, es el único acontecimiento gracias al cual Barcelona sigue viva en los medios culturales europeos y americanos. Primer Sónar: Junio de 1994. Presupuesto: veinticinco millones, seis mil visitantes. El triunvirato formado por Sergi, Enric y Ricard funcionó y continúa hasta hoy. Sergio, artista plástico y músico, es quien se encarga de diseñar la imagen, los espacios, la circulación de gente. Enric se ocupa de la contratación de los artistas. Ricard lleva el control de presupuestos, patrocinios y prensa. Los tres juntos debaten los contenidos y las actuaciones. “En el primer Sónar presentamos diferentes lenguajes musicales relacionados con la electrónica. Desde los músicos experimentales de contemporánea y electroacústica hasta la música de baile. Techno, house. También entronizamos la figura del DJ como artista, algo impensable entonces. Trajimos a muchas figuras internacionales. La feria discográfica y de tecnología, así como la exposiciones de multimedia y las proyecciones de cine atraen a un público diverso.  En los primeros siete festivales que hemos montado pasamos muchos agobios porque siempre hemos tenido presupuestos ajustados. No sé que hubiese ocurrido si hubiésemos montado el festival en Madrid”.

El presupuesto del festival del año 2001 fue de millón y medio de euros y tuvo una rotación de más de 53.000 personas. La SGAE sólo aportó el 1,27 por ciento y las instituciones el 13 por ciento. El resto fueron patrocinadores privados y ventas de entradas.

Ricard acaba de llegar de Buenos Aires donde se ha paseado con uno de los grandes artistas, Laurent Garnier. Para mantener viva durante todo el año la estructura del Sónar estos chicos trabajan como fieras. De pronto, con una contundencia marcial sin pizca de resentimiento, Ricard me dice: “Pujol me tiene harto porque ha conseguido que Cataluña sea el hazmerreír de mucha gente y es el responsable de que el poder económico haya pasado de esta ciudad y se haya ido a Madrid. Me toca la pera que todas las multinacionales se hayan concentrado allí. Tanta barretina folclórica y defensa de no sé qué identidad han ahogado la imaginación. ¡Se han perdido tantas oportunidades! Para acabarlo de empeorar, las instituciones han colocado cantidad de gestores culturales sin ningún tipo de inquietud y sin otra ambición que la de conservar el puesto de trabajo y no molestar a quien se lo ha dado. Lo que pasa en el Ayuntamiento no es diferente de lo que ocurre en la Generalitat”.

 

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Él es uno de los tres reyes del Sónar y el Sónar es el rey de los festivales. Cada año, crece el público (más de 80 mil personas), las propuestas (más de 500 artistas) y la leyenda. Sónar es una marca que de Barcelona se ha expandido a São Paulo, Tokio, Seúl, Hamburgo, Roma, Londres, Lisboa y Guadalajara. En el 2009, probablemente llegará a Los Ángeles. Advanced Music, la empresa de Ricard y sus socios, facturó en 2007 más de siete millones de euros.