Cristina Fernández CubasNiños Malos

Cristina nació distinta a sus hermanas. Atendía voces cargadas de cuento y misterio que vencían el autoritarismo arbitrario de padres y monjas en el zenit gris de la posguerra. Cristina vivía entonces en una casa junto al Mediterráneo en la que un reloj poderoso marcaba las horas. El paso del tiempo a veces era insufrible, otras se desvanecía. En lo más alto de la vivienda, la azotea, el refugio de la niña rara. Desde allí, Cristina contemplaba el mar con entusiasmo mientras esperaba el rugido de las máquinas de vapor, el humo de sus chimeneas y el paso de los vagones de madera que marchaban hacia una aventura apasionante: Francia, las gabardinas, Brassens y lo prohibido.

Cristina es ahora una escritora de culto que en 1980 restituyó en España el valor del cuento con Mi hermana Elba. “Las niñas malas son buenísimas. Si son inconformistas es porque no están de acuerdo con su entorno y se rebelan. Las malas de verdad solo viven en los cuentos, como Mandrágora”.

Residir en Arenys de Mar hasta los quince años le permitió vivir al aire libre. “Aunque en tu casa no te dejen jugar en la calle, patinas, vas al Club de Mar, te pierdes por calas salvajes, meriendas en el monte o te pasas media tarde subida al algarrobo del patio de tu casa”. Aquella vivienda, por las inclinaciones melómanas del padre, tenía un brazo de pulpo en la calle Riera de Sant Miquel de Barcelona, donde el notario y su mujer se quedaban a dormir cuando iban al Liceo a escuchar alguna ópera. Y a aquella casa fue a parar la futura escritora cuando del colegio rural pasó al instituto urbano. “Me encantaba no tener que llevar uniforme, los profesores eran buenos y te consideraban por tu inteligencia no por quién fueran tus padres. Lo más insólito en aquella la época fue para mí vivir en aquel pisito con mi hermana Pili y una muchacha que nos cuidaba. Supuso libertad para decidir las pequeñas cosas: fumar sin tener que esconder colillas, ir al cine por la noche o dormir cada día en una habitación distinta”.

De pronto, durante unas Navidades, la perplejidad se instaló en las dos casas y un nuevo código acabó con casi todo. La hermana mayor de Cristina murió dejando a tres hijos huérfanos. “Un luto riguroso que ya no existe fue como el absurdo que de repente te visita y te pilla de improviso. Me quedé sin capacidad de reacción porque una amenaza mayor atrapaba el ambiente. La suerte es que mis padres al cabo de unos meses se dieron cuenta  y cuando llegó el verano a mi hermana Pili y a mí nos enviaron a París. ¡Qué maravilla! Al fin me iba a subir al tren de los sueños.”

La Facultad de Derecho de aquellos tiempos conflictivos e intensos no sólo formó a futuros abogados. En primero, Cristina conoció al también escritor Carlos Trías. “Oficialmente nos casamos en 1970. No me casé de blanco. Los trajes de novia me dan mucho miedo y quienes los llevan me parecen muñecas capaces de cometer cualquier fechoría”. También conoció al director de teatro Mario Gas, al escritor Enrique Vila-Matas y a la actriz Enma Cohen, que estaban en el mismo barco y con quienes hizo teatro de vanguardia y recitales poéticos de autores censurados. El Teatro Español Universitario (TEU) se convirtió en teatro popular, tomaron la Checa, el aula donde un caudal de promociones se han examinado, y más tarde el Instituto Americano. “Los exámenes me encantaban porque ante una pregunta que creías no saber te obligaban a relacionar conocimientos diversos. Así aprendí a estructurar. Algo necesario para ordenar otro tipo de lecturas e invenciones”.

“Mi padre me dijo: De Plaza de Cataluña para abajo nunca. Si se hubiera enterado que cada noche iba a Las Ramblas le da el soponcio. A mí me gustaba el Pastis, el Jazz Colón, el Jamboree, dónde corría la grifa de los legionarios, y me horrorizaban los locales de moda como Las Vegas.”

Cuando le faltaban algunas asignaturas para terminar la carrera, aún en los sesenta, Cristina se fue un año a París, sin dinero, en busca de la bohemia. Regresó para compartir mesa de trabajo con Vila-Matas en la revista Fotogramas cuando Terenci era la estrella y Maruja Torres se había pasado a Garbo porque allí ganaba el doble. Carlos asesoraba a Barral en temas puntuales. Un día, Rosa Regàs les dio cuatro boletos que sobraban para un viaje a Ajaccio con el grupo de Bocaccio. “Fuimos y al volver nos regalaron cuarenta copas gratis a cada uno. ¿Cómo no íbamos a subir al local de Muntaner si teníamos un hígado a prueba de bomba? Jamás pertenecimos a la Gauche Divine. Ellos eran algo mayores y a nosotros nos llamaban los undergrounds, porque íbamos de negro y nos gustaba otro tipo de vida”.

El editor Carlos Barral pretendía estrechar relaciones con la Asociación de Escritores de Rumania. Carlos Trías y Cristina, siempre dispuestos a viajar, se subieron a un Simca desvencijado con la intención de convertirse en traductores de rumano. En Bucarest, los recibió el presidente de la Asociación en un enorme palacio en obras y les ofreció un mes con los gastos pagados. Carlos con largas melenas y Cristina con minifalda bailaron al salir de la reunión un vals ante la mirada atónita de los rumanos. “¡Pope, pope!, decían al ver a Carlos tan de negro y con tanto pelo. Se pensaban que era un sacerdote ortodoxo y verlo bailar asi…”

Carlos y Cristina suelen ir a la caza de aventuras poco convencionales, de historias y conversaciones excéntricas oídas en tabernas perdidas. Siempre vuelven. Una vez se subieron a un trasatlántico rumbo a Sudamérica y estuvieron dos años vagabundeando en los que hubo de todo. Han experimentado Egipto, Grecia, Berlín… Y a ella -Lady Ballantines o la musa del Astoria- siempre le ocurren cosas que transforma en cuentos fantásticos. “El bar Astoria, que ya no existe, fue mi segunda residencia y marcó una época irrepetible por la que sin embargo no siento nostalgia. Eran otros tiempos. Te encontrabas con tu gente sin necesidad de quedar. Aquella intensidad es irrepetible. Recuerdo muchas risas. Los más adictos: Enrique Vila-Matas, Paula Massot, Ana de Tord, Gonzalo Herralde, el peruano Vladimir Herrera. No sé a quién le dio por decir que aquello era una tertulia literaria –los Bloomsbury- y fue un coñazo. Algunos jóvenes te sacaban un papelito del bolsillo con algo escrito y te preguntaban: ¿Qué piensas?”

La ciudad ha cambiado. Cristina ama los cafés con sabor antiguo. Detesta el Maremagnum y vive como con contrariedad el que muchos autores sólo le hablen de ventas. Ella prefiere que sean los personajes de sus cuentos quienes conquisten y convenzan.

¡Ah, se me olvidaba! Si quieren sentir algo vivo y extraño, lean Cosas que ya no existen, Los altillos del Brumal, Con Agatha en Estambul…

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Parientes pobres del diablo (Tusquets, 2005), su última obra publicada, mantiene el prestigio de gran escritora que sugiere espacios fantásticos que trascienden tópicos. Esa mujer es pura literatura. En 2007 murió su marido y cómplice de vida, el también escritor Carlos Trías, ante la desolación de todos nosotros, admiradores y amigos.