Miquel BaixasNiños Malos

En 1991, pudo cambiar, junto a dos mil creadores, el universo creativo de la ciudad de Barcelona.

Una mañana de enero de aquel mismo año, aparecieron Miquel Baixas y una escocesa, Sophie, en la redacción de Ajoblanco. Se habían conocido en la escuela libertaria de mimo y teatro del genial Jacques Lecoq, en París, habían pasado un temporada en El Silo, un centro cultural okupado de Amsterdam autogestionado por los artistas residentes, y acababan de fundar una compañía teatral alternativa, Atomic café, en Barcelona. Él era hijo de los fundadores de Polichinelas Claca que yo había conocido en Menorca cuando él era un crío. “Un grupo importante de creadores vamos a acampar en la Plaza de Sant Jaume y a okupar la Caserna de Sant Agustí, que está abandonada, porque los artistas jóvenes de esta ciudad no tenemos espacios para ensayar ni para crear. Crearemos hacer algo parecido al PS1 de Nueva York ahora y aquí, administrado por los propios artistas”, me dijo.

A sus veintiún años lo vi decidido, conectado y dispuesto a todo. Faltaba poco más de un año para los Juegos Olímpicos y antes, en abril o mayo, se iban a celebrar unas elecciones municipales decisivas. Inmediatamente pensé: Si estos chicos movilizan a los jóvenes inquietos de la ciudad, acampan en la Plaza Sant Jaume tal como tienen planeado y denuncian la política cultural del Ayuntamiento, el socialista Pasqual Maragall perderá las elecciones. Les aconsejé que elaboraran lo mejor que pudiesen el proyecto de gestión de la Caserna de San Agustí, que se pusieran en contacto con los centros alternativos de Berlín, Londres y Zurich y que crearan una asociación cultural desde la que negociar con la autoridad del Municipio.

Pocos días después, Miquel volvió con 3.000 firmas, una asociación constituida, Barcelona Taller, y un proyecto de remodelación de la Caserna de Sant Agustí elaborada por un reconocido arquitecto que sólo costaba 100 millones de pesetas (seiscientos mil euros). Sondeé telefónicamente a Ferran Mascarell, que hacía poco había dejado de ser el responsable de la cultura municipal aunque mantenía intactos las influencias y los contactos, para indagar si era posible un pacto. Me dijo: “Por supuesto que sí”. Aconsejé a Miquel un encuentro con Oriol Bohigas, el responsable municipal de cultura. Empezaron las negociaciones. Reunión con Ferran Mascarell, con Joan Clos, con Xavier Casas, con Lluís Armet, con Oriol Bohigas… Los políticos se quedaron más sorprendidos que yo al observar el torbellino creativo y la preparación de aquellos jóvenes no asimilados por lo constituido y con ganas de dar un buen puntapié a los miedosos o a los gestores socialistas, partidarios del despotismo ilustrado.

Las asambleas de Barcelona Taller se celebraban en los altillos del Bar Glaciar de Plaza Real. Participaban los primeros Polipoetics de La Papa, los de la Fàbrica de Cinema Alternatiu, Simona Levi, los de La Porta, los de La12 Visual de Vídeo, Roger Bernat, Tomás Aragall, Dionis Escorza y así hasta casi todos los grupos artísticos emergentes de la zona.

Una tarde, reunimos a más de trescientos miembros de Barcelona Taller junto a responsables del PS1 de Nueva York y de otros centros alternativos europeos en la galería de Toni Berini. Por parte municipal estuvieron presentes Oriol Bohigas y el ex maoísta Miquel Lumbierres, ambos responsables de la cultura municipal. En la apoteosis de un acto auténtico y clarificador, llegaron Pasqual Maragall, alcalde candidato a una reelección que finalmente ganó por los pelos, y Diana Garrigosa, su mujer. La pareja transformó en minutos la asamblea en un mitin electoral. En un momento dado, Alcalde y señora desenvolvieron un par de bocadillos ante la estupefacción general y se los zamparon, excusándose porque con tanto acto electoral no tenían ni tiempo para la cena. El centro cultural de la Caserna de Sant Agustí debía ser autogestionado por los mismos artistas y se financiaría mediante el bar y las actividades. Maragall, con cara de susto, prometió estudiar la iniciativa y hacerla realidad. En la actualidad, la Caserna alberga el museo del chocolate y un absurdo centro cívico, la remodelación costó un Potosí. Los jóvenes artistas siguen con los mismos problemas de siempre: “La estrategia política fue sumirnos en un laberinto de negociaciones con la única intención de desactivar un movimiento que era fuerte y revitalizador y que estaba conectado con el importante movimiento okupa. Deberíamos de haber ocupado primero para negociar desde un posición de fuerza. En aquel momento ni siquiera existía el CCCB, que algo ha resuelto, pero sólo para los que se dejan domesticar”. Lo cierto es que aquellos innovadores se quedaron sin nada y hoy la cultura de la ciudad está en manos de los gestores municipales nombrados a dedo.

Miquel nació en una camioneta o detrás de un escenario. Nunca ha entendido la labor de la escuela. “Las escuelas te domestican dentro de un molde que nada tiene que ver con el saber. Siempre que pude me libré. Yo aprendí observando la naturaleza y entendiendo a los animales. Soñaba ser un científico para saber cómo estaban hechas las cosas y poderlas mejorar. Como mis padres eran actores y hacían muchas giras, me pasé la infancia viajando. En una ocasión pasamos un año en Australia y Bali. Yo iba con ellos y me montaba la vida a mi aire. Soy autodidacta. En Melbourne estuve mil horas en el Museo de la Ciencia investigando, también aprendí muchas cosas en un circo”. A este joven soñador que ha practicado muchos oficios, cuando tuvo que hacer la mili se las ingenió para ser inútil y largarse a París a estudiar teatro. Llegó sin dinero, sin saber francés y sin tener la edad adecuada para entrar en el taller de un genio del mimo y del teatro, Jacques Lecoq, quien formaba sin domesticar. Tras mucho insistir, lo aceptaron, vivió en una habitación de seis metros cuadrados con el actor Álex Angulo y se hizo amigo de Simona Levi.

Tras haber parido con Sophie dos espectáculos en Barcelona y harto de preparar dosiéres para representantes, montó una obra experimental con Quim Tarrida que representó en clubes alternativos. El Homo Praeocupatus. “La hicimos durante dos años tras la dispersión de Barcelona Taller. Quim había creado la teoría del niño subcutáneo que jugaba con el sida, los alimentos y las enfermedades. Y yo, que escribía desde siempre, tenía elaborada la historia del Homo praeocupatus. El saber del homo sapiens progresa hacia la preocupación. Mediante música máquina y unas proyecciones muy agresivas buscábamos el máximo estrés y preocupación del publico para que les saliera la evolutiva protuberancia del praeocupatus”.

Al comprobar que la cultura alternativa se estaba institucionalizando, Miquel viaja hasta Guatemala con Payasos Sin Fronteras, se interna en lo más hondo de la selva y llega a una Comunidad de Población de Resistencia. Pasa hambre, coge amebas y no convive con los Médicos Sin Vergüenza pero sí conoce a chamanes. Vuelve enfermo y representa en el festival de Tárrega su última obra, Haus Sent. “La monté con el fotógrafo Patrick Gilbert y con Germán, un guitarrista colombiano. Trataba sobre la muerte en plan poético y directo. Estaba harto de que en los escenarios no se pudiera hablar de ciertos temas. Pero aquella obra brutal me ocasionó muchos trastornos. Yo estaba familiarizado con la muerte desde la adolescencia, cuando me dijeron que mi madre tenía cáncer y moriría en dos meses: vivió veinte años. En Tàrrega, tras lo mucho que me afectó aquella obra sobre la muerte, me dije: Miquel, deja de hacer teatro. Me fui a India en busca de sosiego y descubrí el budismo. Luego viví en una comuna rural en un pueblo de Huesca haciendo diseño gráfico por ordenador. Allí me inventé un portal para crear una red de comunicación entre la gente que se dedica al arte y nació Serviart”.

En 2002, Miquel regenta una empresa que crea Webs dentro de Serviart en Barcelona. Le va bien y trabaja para Jordi Savall, Focus, Fila 7, Mayte Martín y otros artistas. En cuanto tiene un minuto, vuelve al bosque, su verdadero hogar, y medita tanto como puede. “Algún día diré basta, me adentraré en el más remoto y desapareceré”.

 

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Efectivamente, Miquel abandonó la empresa al poco de realizar este perfil, dijo basta de neocapitalismo y se retiró al sur de Francia a meditar. Hace poco meses me escribió: “Contento de estar vivo, viendo c´mo el mundo acelera en su locura sin saber porqué y sin saber hacia dónde  va. Yo me bajé de ese tren e intento subir a otro haciendo lo que quiero”.