Rosa RegàsNiños Malos

Quizá la había visto pasear bucólica entre las barcas de pesca de Calella o Cadaqués. Quizá había bailado junto a aquellas piernas de yegua brava en las boîtes de Playa de Aro. El caso es que en febrero de 1973, telefoneé a la reina de la Gauche Divine a La Gaya Ciencia, por aquel entonces la editorial más exquisita de la ciudad. ¡Diana! Nos dio citó para al día siguiente.

Nosotros teníamos veinte años y los cocos obsesionados con la nueva literatura y la cultura antiautoritaria. Ella estaba al filo de los cuarenta y vivía con naturalidad en el centro de un torbellino. Por ahí se decía que era la seducción encarnada. Oriol Bohigas, Marcel Duchamp, Juan Benet… Su cabeza de monja gótica, el rostro cubierto de pecas, la melena roja y un porte elegante arrollaban. Carlos Barral en Cuando las horas veloces narra: “Buena amiga, temible enemiga. Con un excepcional poder de persuasión, Rosa era una persona poco corriente, relativamente extraordinaria”.

A las cinco en punto de la tarde, El nen Solé, el único estudiante de mi generación que con dieciocho años había presenciado en la sala el proceso de Burgos en 1970 por ser hijo del abogado comunista Solé Barberá, y yo penetramos en aquel despacho con la esperanza de publicar un manifiesto poético que año y medio después se convirtió en la revista Ajoblanco.

Rosa se sorprendió ante aquel par de pícaros irreverentes. Hubo electricidad y conectamos. “La imaginación sirve para matar las costumbres y la rutina”, nos decía. O, “la literatura tiene que demostrar la autonomía del discurso frente a los límites de la costumbre”. Rosa se abría, sabía debatir y te mostraba con sus manos de princesa zíngara y una ternura exenta de perjuicios el libro de Juan Benet, 5 narraciones y 2 fábulas que acaba de publicar en una colección en papel de hilo, preciosa, diseñada por Giralt Miracle. O nos enseñaba, la maqueta de la revista Arquitecturas Bis, la conectó a los arquitectos de Barcelona y Madrid con los de Milán y Nueva York, y fue embrión de los cambios urbanísticos y estéticos que las administraciones socialistas impondrían en remodelaciones futuras.

Aquella tarde se alargó hasta las cinco de la madrugada. Primero nos llevó al Pub Tuset al encuentro con el “novísimo” poeta José María Álvarez, que acaba de llegar de Cartagena a corregir pruebas. Cenamos en el restaurante Putxet, cueva de arquitectos divinos, novelistas sudamericanos y nuevos filósofos, como Rubert de Ventós o Eugenio Trías. Y entre bromas que enfurecieron a los “novísimos” de Castellet que por ahí pululaban -a Félix de Azúa por poco le da un síncope -, Rosa se pasó al bando de los inéditos maleducados, o sea a nuestro bando, en el mismo momento que pretendíamos una acción Dadá en la presentación del libro de Ana María Moix, Walter por qué te fuiste. Acabamos la noche, rendidos a la fascinante desmesura de nuestra nueva diosa en los sótanos de Bocaccio.

Han volado tres décadas desde el día que la concocí. Rosa pasa mucho tiempo en una casa de labranza rodeada de pinos y encinas. Removiendo papeles, escribiendo libros y comentando con Mahomed si funciona correctamente el molino de viento que extrae agua del pozo o cómo siguen los corderos que pastan por sus campos. Azul, premio Nadal 1994. Luna Lunera, su infancia atroz novelada que la crítica ha reconocido como uno de los mejores libros sobre la posguerra.

“¿Qué tal andas?”, le preguntó tras visitar la biblioteca recién construida en homenaje a su madre, una mujer más guapa que Greta Garbo, con quien Rosa, debido al abuelo católico, franquista y catalanista que arrebató la patria potestad a los padres rebeldes, jamás convivió hasta los cuatro últimos años de su vida. “El hecho de haber vivido una infancia despiadada bajo el dictado del Tribunal Tutelar de Menores, interna en colegios y orfelinatos sin ver a mis padres y bajo la estricta vigilancia de un abuelo rodeado de curas rijosos que sólo ambicionaban el dinero, me ha dado un equilibrio distinto. Me permitió formar una piña indisoluble con mis hermanos, ver la sinrazón de la iglesia a edad temprana y formar a los dieciocho años una familia poco convencional”.

Rosa a sus veinticuatro años se sentía inútil. “¿Dónde pongo la energía que me sobra?”. Tenía entonces un marido, dos hijos, y en veinte minutos resolvía las labores del hogar. Los rigores de la época, 1959, cuando salió del internado, imponían a las damas resignación y mojigatería. “La primera vez que intenté matricularme en Filosofía ya era madre, me quedé paralizada y no me atreví. Volví al año siguiente, conseguí rellenar el impreso y entré en el paraíso. La gente decía: ¡La universidad es una mierda! Y yo pensaba: ¿Cómo pueden decir eso? El espíritu crítico lo desarrollé más tarde. En el curso coincidí con Manolo Vázquez Montalbán, que por sus conexiones con el PSUC estaba muy enterado en temas internacionales, y con Eugenio Trías, que venía a mi casa por las noches a hacer mapas de Geografía, como en el colegio, para un catedrático muy pelma que se llamaba Palomeque.

Rosa tarda poco en romper con la moral de la época y se convierte en una activista eficaz que puebla la lucha antifranquista con glamour y revolución estética. “Nuestra transgresión iba desde bañarnos desnudos en una cala de Cadaqués hasta asistir a una manifestación en solidaridad con los obreros de Asturias. En Barcelona, les guste o no a los moralistas de hoy y de ayer, se respiraba en los ambientes creativos una ruptura moral y social de costumbres”. En 1963, entró a trabajar en Seix Barral con Jaime Salinas para organizar el Premio Internacional de Literatura y el Premio Formentor.

A finales de los sesenta, cuando la editorial de Carlos Barral había situado a España en el mapa de la cultura europea, Antoni Comas se cargó la editorial. Fue el primer atentado del mojigato pre-pujolismo contra la cultura. Una Rosa indignada y en plena forma monta La Gaya Ciencia. Publica a García Calvo, Benet, Javier Marías, entre otros. “En 1976 monté una colección política de divulgación que abarcaba todo el arco político. Cinco editoriales me la copiaron. En 1982 la editorial se había convertido en un monstruo, la competitividad era feroz. Harta de pelear con bancos, la vendí. La vida es otra cosa, me dije, y quiero escribir”.

Rosa deja Barcelona y viaja por todo el mundo como temporera para la ONU haciendo traducciones y editando. En los hoteles de Nairobi, Ginebra, Nueva York es cuando empezó a escribir. “Hasta que un día me llamó el diplomático Eduardo Garrigues para que dirigiera en Madrid la parte cultural de La Casa de América. El balance de aquellos cuatro años es positivo aunque pienso que la administración olvida los objetivos para los que ha sido creada. Los políticos sirven para solucionar problemas no para ganar elecciones. Además todo el tiempo insultan. Me gusta Zapatero porque argumenta de forma respetuosa”.

Al volver a mi reducto pienso que si algún día Rosa se decide a publicar su correspondencia, que mantiene ordenada y a buen recaudo, en el mundo cultural que hemos conocido habrá un terremoto.

 

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Su recorrido de los últimos años es uno de los más registrado en las hemerotecas: ganó el premio Planeta en el 2001 con La canción de Dorotea. Años después publica Diario de una abuela en vacaciones (Planeta, 2004), adaptada a la televisión por TVE y protagonizada por Rosa María Sardá. En el 2005 recibió la Orden de Chevalier de la Legión de Honor de la República Francesa, y la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya. Entre 2004 y 2006, fue Directora General de la Biblioteca Nacional, acabando su gestión envuelta en polémicas.