Simona LeviNiños Malos

Le gusta demostrar que con pocos medios y sin subvención se puede hacer teatro que conecte con el público y que haga funcionar el coco. Ella es una humanista radical que ama los espacios libres y que detesta lo macabro, lo hermético y cuanto está concebido desde una inteligencia con más pompa que rigor. Es una mujer italiana que ha sabido madurar sin perder la rebeldía y que vive encantada en Barcelona desde 1989. Le gusta comprar en el mercado de La Boquería, pasear por Las Ramblas y disfrutar del buen clima en las playas de la Barceloneta.

En el número 58 de la calle Sant Pau, que ya es zona musulmana, existe un local único, Conservas, que Simona compró con hipoteca tras vivir cinco años en pisos compartidos en los que no había lugar para experimentar inventos. Mientras, trabajaba como actriz en el espectáculo Z de Zotal Teatre y colaboraba con pequeñas compañías alternativas de media Europa. En el trajín conectó con en un centro okupado de Amsterdam, El Silo, donde convivían en régimen de autogestión sesenta artistas de medio mundo. Cuando Simona necesitaba un experto en autómatas, allí lo encontraba y le enseñaba. O aprendía a soldar. O se encontraba con un panadero, un joyero, un guionista, un actor, un músico. La creatividad corría sin estándares, la basca intercambiaba con naturalidad y el efecto resultaba multiplicador. La fortuna es pasajera y El Silo fue desalojado por las autoridades –ley de la oferta, la demanda y la especulación- para convertirlo en un bloque de apartamentos para millonarios con limusina.

Simona llega en bicicleta a nuestra cita, la ata a un poste con garbo, me besa y abre una puerta corroída por la intemperie. Un gato atigrado maúlla y frota el lomo en un objeto que no logro identificar. “Mi pequeño teatro está cerrado. Yo sólo abro los viernes y sábados de octubre a diciembre porque no me gusta programar mierda. Como ves, ahora está todo patas arriba. Ayer llegué de París donde vi La Trinité, un espectáculo de una compañía de danza belga, y mañana me voy a Copenhague. También estuve en el Mime Festival de Londres, me defraudó porque se ha ultracomercializado. Me alimento mucho de las cosas que veo por ahí. Estoy siempre con los ojos bien abiertos porque me gusta comprender cómo funciona cada ciudad y los diferentes modos de pensar. En los últimos meses habré visto unos ochenta espectáculos; sólo me han gustado siete aunque no niego que haya cosas interesantes”.

¿Ochenta?, le pregunto espantado. “Estoy preparando In Motion 2001, un festival alternativo para el CCCB que se celebrará la primera semana de Julio. Pretendo que un público joven que no conoce el teatro se estimule con formas más contemporáneas, más mixtas, menos definidas. Obras que se crean con pocos medios y un montón de vitalidad. Si las artes no ayudan a dar un poco de esperanza, aunque todo este mal, no sirven. Es inútil hincharlas mediante subvenciones y efectos especiales. También me interesa que los jóvenes creadores de aquí vean lo que se hace fuera. Durante los últimos años, en Barcelona, han pasado muy pocas cosas. Han sido años blandos. Bajo el colchón de la catalanidad, las instituciones se han apropiado de cosas que apuntaban antes de que tuvieran fuerza. A veces esto parece un parvulario y tienes que ir lejos en busca de alimento”.

Deambulo entre sillas desvencijadas, una barra de bar en penumbra repleta de trastos y los restos desarmados de su último espectáculo, todo un acontecimiento, Femina ex Machina. “Últimamente, cuando estoy en Barna, vivo tapiada en casa. Mis amigos son los compañeros de trabajo con los que he desarrollado una solidaridad muy fuerte. La que crea la música es una acordeonista de Bolonia. La actriz, a quien le puse una máquina que hace lágrimas falsas porque llora y caga hielos, sale del Institut del Teatre. Y el actor, que también es catalán, no es un actor profesional, trabaja en un bar”.

Frente a la arrogante mirada del gato, me sumerjo en el más espectacular de sus inventos. Una máquina, algo así como una escafandra, que hace girar las tetas de Simona mediante un pedal. “Soy muy perfeccionista y muy broncas, tardé tres años en ingeniar este espectáculo que habla de temas de mujeres con verdad y crudeza, también con mucho humor. Lo estrené en 1999. Me siento bien porque hemos conseguido crear un público adicto y ahora Conservas se mantiene. Por muy alternativo que sea todo esto, pago a todo el mundo y vamos tirando sin pérdidas. Cuanto he programado desde que me inventé Cine con cena, Poesía Potaje y Poesía Erética, en 1995 y 1996, ha sido honesto”.

Simona ha subido al altillo, donde al principio de esta historia instaló su dormitorio.  En lo que ahora es patio de butacas y escenario, ensayaba. Y donde está la barra y se sirven las cenas, fue el taller donde fabricaba los artilugios. “En Conservas siempre hemos servido cena durante las representaciones porque es una forma de romper el hielo entre el público. La gente se levanta, conecta, se hace cómplice para que la noche funcione y no se limite a chupar del evento que se le ofrece”. En 1997, Simona inventó el Comicomer, espectáculo con cena por el que pasaron un salpicón de grupos emergentes, que le valió el Premio de la Crítica 99 y el premio FAD.

La invito a un café en una granja cercana. El ruido nos expulsa y acabamos en el vestíbulo de un pequeño hotel. “En el Liceo de Turín, una ciudad dura que tolera muy mal a los inmigrantes, era muy buena estudiante pero nunca respeté la institución escolar. Los profesores eran mis enemigos y sólo les pude vencer sabiendo tanto como ellos. Como por indisciplina me bajaron la nota final de mis estudios, me cabreé, no me matriculé en Arquitectura y me fui a vivir a una casa okupada por artistas en Barbés, París. Se llamaba L´oel du cyclon y se desmoronó por disputas internas y alcoholismo”.

En París, estudió teatro en la prestigiosa escuela de un libertario genial: Jacques Lecoq. Allí conoció a Miquel Baixas y a Sophie, con quienes tres años después se trasladó a Barcelona. “Aparte de técnica teatral y conocer a artistas de muchas nacionalidades, Lecoq, un librepensador que sabía cambiar de método cuando encontraba uno mejor, me metió en la cabeza pensar lo que uno hace y por qué. También a crear en equipo”.

A Simona no le interesa el arte que promociona una relación masoquista con el cuerpo. Tampoco el filón conceptual en el que el arte se mira el ombligo y habla sobre sí mismo. Prefiere un espectáculo cómico que no esté demasiado escindido de la realidad.

 

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Ha inventado en el CCCB, Fast Foward, un ciclo de artes escénicas. Realidades avanzadas es el título que lleva una de sus producciones más sonadas de los últimos años. Mezcla de documental con informe periodístico y obra de teatro, sobre el mobbing inmobiliario. Trabaja en defensa de las cyber libertades, ha creado los oxcars, premios de cultura de la sociedad digital y mantiene vivo el espacio Conservas, una de las iniciativas teatrales más influyentes de la ciudad y del under.