Javier CercasNiños Malos

De vez en cuando ocurre. Aparece un libro y provoca un concierto de parabienes que chocan con ímpetu de boca en boca. Soldados de Salamina es un vals que saca del sepulcro a seres que vivieron épocas atroces y ecos precisos de un contexto, la Guerra Civil, “que es el inicio del presente de donde venimos”.

Paseo por las calles y puentes de Girona, la ciudad más rica de España, junto al protagonista de este perfil, un ser que desprende pasión por lo que ha hecho. “El narrador de mi libro dice que se llama Javier Cercas pero no soy yo. Yo no soy periodista ni tengo más de cuarenta años. Tampoco se ha muerto mi padre ni mi mujer me ha abandonado, al menos hasta hace una media hora que es cuando la dejé en casa. Y tengo un hijo. Sí parto de datos históricos. Del fusilamiento fallido del escritor Rafael Sánchez Mazas, el ideólogo de Falange, en el santuario del Collell, días antes de que las tropas franquistas tomaran Girona. Documentarme me ha llevado más de cuatro años para luego construir una novela que no busca una verdad documental sino una verdad literaria, que es moral y más profunda. No he traicionado la realidad pero existe en la novela un punto de vista y por tanto una invención. Sólo a través de la imaginación puedo describir lo que sentía el padre del también escritor Rafael Sánchez Ferlosio cuando los rojos lo iban a ejecutar”.

Cercas pretendía romper barreras entre periodismo y literatura, realidad y ficción. En mi modesta opinión, siento que lo ha conseguido. Pero lo que más sorprende es que te mete en un periodo atroz de nuestra historia con más arte que parte. “La Guerra Civil me interesó desde siempre. También leí sobre Falange tal vez por motivos familiares. Ocurre que la Transición fue un pacto de silencio. Se olvidó la Guerra, se olvidó el franquismo y se olvidó que hubieron crímenes en los dos bandos y que en Cataluña también hubo una Revolución. Quizá era necesario. Ahora ya no nos matamos excepto en el País Vasco. Pero tiene un coste terrible que es el olvido. Yo quiero saber lo que pasó. No quiero neblinas, ni manipulaciones; tampoco equívocos. ¿Por qué, por ejemplo, una serie de gente inteligente se apuntó a la Falange en los años 30? Olvidar el componente idealista de esa gente es ridículo. Por supuesto que lo hubo, lo que no significa que fuera bueno o malo. El infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Sin duda, a los miembros de la generación de Javier Cercas estos sucesos les quedan lejos y pueden removerlos con perspectiva. Ellos han nacido en otro país. “No estoy de acuerdo con Haro Tecglen cuando sostiene que ni Sánchez Mazas ni mucha otra gente trabajaron para que España se sumergiera en una orgía de sangre y muerte. Para mí, la Guerra Civil fue la gran aventura donde se dio lo mejor y lo peor. El héroe sin nombre de mi novela, el enemigo de Sánchez Mazas que lo descubre escondido en el bosque, cuando lo mira y no lo delata nos está salvando a todos, y esto es lo mejor del ser humano”.

El autor nació en el seno de una familia de pequeños propietarios arraigados desde generaciones en Ibahernando, un pueblo cercano a Trujillo, Cáceres. Su padre era veterinario y probó fortuna en Girona. “La primera vez que vi Girona fue en un mapa. Mi madre, que entonces era muy joven, señaló un punto remoto en el papel y me dijo que era ahí donde estaba mi padre. Meses más tardes, hicimos las maletas. Hubo un viaje larguísimo, y al final una estación leprosa y aldeana“. Así empieza uno de sus Relatos Reales publicados en El Acantilado. Tras pisar aquella ciudad fría, clerical y opresiva, tan distinta a la de ahora, su primera sorpresa fue comerse un cruasán. Jamás había visto un pastel así. “No es que viniera del paraíso, pero sentí mucho el cambio porque allí vivíamos protegidos por la familia. Llegas aquí, lo sientes todo hostil y te encuentras además con otro idioma. Yo me he integrado y mis cuatro hermanas también, pero mis padres, aunque lleven más de treinta años, siguen allí. Hace poco estuve presentando el libro en Cáceres, hablando del tío Juan Peña, que era un señor que iba en burro, y sentí que es allí donde está mi casa”.

Estudió en los Maristas de Girona, como Josep Pla. Y fue un empollón desde que su padre le enseñó su primera frase en catalán:”M´agrada molt anar al col.legi.” “En casa, mi padre tenía una biblioteca, leí libros de historia, me gustó Baroja y me enamoré de Unamuno a los 15 años. Me fascinó su sentido del humor y porque dice que la confusión es buena y que si pierdes la fe no pasa nada. La pasión literaria me llegó con Borges, y el catalán lo aprendí en la calle”.

Cuando acabó COU, ya escribía y lo tuvo claro. Quería ser filólogo, se vino a la Autónoma de Barcelona y se encontró con profesores extraordinarios que le dieron alas: Salvador Oliva, Francisco Rico, Sergio Beser, Alberto Blecua. “Quería ser medievalista por el impacto que me causó Tirant lo blanc, una novela que me sigue pareciendo la hostia. Pero acabé estudiando Filología Hispánica. Los primeros escritores con los que me relacioné escribían en catalán. Joan Ferraté, Quim Monzó, Sergi Pàmies, Jordi Cornudella. A Roberto Bolaño,  a Enrique Vila-Matas y a otros autores que escriben en castellano los conocí más tarde”.

En 1987, como medio para ganarse la vida, consiguió una plaza como lector de español en la Universidad de Illinois, junto a Chicago. Su pasión por el inglés y un buen expediente académico le abrieron las puertas. “El paisaje era desolador, así que tenías tiempo para leer en una biblioteca con nueve millones de volúmenes. Acojonante. Te podías llevar a la habitación cajones de libros sin problema. El verdadero peligro era quedarse. Un día me llamaron de la Universidad de Girona para proponerme ser profesor de literatura española, Paco Rico había rechazado el puesto. Acepté y aquí seguiré hasta que me echen”.

Su primera novela, El Inquilino, la escribió en Estados Unidos, antes había publicado un libro de cuentos, El móvil. Le pregunto por sus cuentos y, con ese vozarrón que le caracteriza, me cuenta que Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, es una de las mejores novelas del siglo y que cuando regresó a Girona, eligió para hacer su tesis a Gonzalo Suárez por se un escritor más que original.

Seguimos paseando por las calles y puentes de Girona, las gentes le saludan con aprecio, él responde con delicadeza. Tantos años metido entre libros le han despertado un pasión explosiva por vivir y conocer pues no sólo con letras consigue uno llegar a buen escritor.

 

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Lo de Javier Cercas es bien conocido. Soldados de Salamina es un fenómeno imparable: ya ha superado la trigésima edición y la versión cinematográfica también ha roto taquillas. Esto lo ha convertido en uno de los escritores españoles con mayor proyección internacional. Su obra está traducida a más de 20 idiomas. Vive en Barcelona y opina en los periódicos con brillantez de polemista, pero ninguna como la de su libro más famoso y los dimes y diretes en torno a su relación (o no) con Roberto Bolaño.