La comuna de hortaDe qué van las comunas

“La comuna empezó en 1970, en una gran casa vieja”. Seguramente los restos de una masía pairal catalana, alejada en otros tiempos de la ciudad Condal. “Rodeada de bloques y con un pequeño jardín-patio en el que todavía queda un pozo. La encontré por chamba y la alquilé enseguida; la casa fue uno de los factores principales, era lo suficientemente grande como para animar a tirar hacia adelante una experiencia comunal”.

“La idea, no sé… habíamos visto casas interesantes por ahí, allende los Pirineos. Estábamos metidos en el rollo, éramos poquitos y poco a poco nos fuimos reagrupando. La familia no nos interesaba en absoluto, lógico. Vivir de otra manera, sacarnos toda la mierda que llevábamos encima, abrimos a otra vía, desbloqueamos, desreprimimos, vivir en común, comunicamos, huir de la competencia… y todas esas cosas que dichas así, resultan letanía de tópicos, pero que vividas minuto a minuto, superadas paso a paso, en el año 70, con Franco, con un exterior totalmente hostil y con una policía brutal que la gozaba haciendo cosquillas a cualquier bendito… resultan una experiencia riquísima en una época en que casi nadie movía un pie, en la que todo estaba atado y a lo máximo que podías aspirar, era a funcionar en ur partido semiestalinista. Y nos fue muy bien. Creo que todos recordamos aquellos años como muy importantes para nuestras vidas, decisivos. ¡Qué te voy a contar! Todo aquello es irreproducible, hay que pasar por ello para entenderlo”.

En la redacción de Ajoblanco, sorprendentemente, se han reunido casi todos los que compusieron el último grupo de Horta. El que duró más tiempo, de 1972 a 1974. Han vuelto a verse dos años y medio más tarde para hablar y recordar “su comuna”. En Horta hubo distintos grupos comuneros durante los cuatro años, esto suele pasar en todas las comunas del mundo, de todos ellos éste es el más coherente. Se conocieron en la despedida de uno que se iba a la mili. Mira por donde, la mili favoreció un rollo antiautoritario. “Fue algo fenomenal, qué rollo y qué fiesta. Llegamos a una comunicación muy fuerte y hubo alguien que nos dijo: Por qué no continuamos juntos. Y decidimos seguir. Nos trasladamos a Horta, donde ya vivían algunos. Los primeros meses, los espontáneos, en donde nada se predeterminaba sino que iba saliendo, fueron un auténtico chorro de creatividad, iniciativa y buen rollo. Todo era de todos, de pronto te encontrabas que cada día podías cambiar de ropa. Ibas a los baúles y te ponías lo que te apetecía, según el humor y la hora. No tuvimos problemas de ¿quién limpia hoy?… platos, …comidas. La nuestra, era una comuna abierta: a veces llegaron a dormir más de cuarenta personas. Te levantabas e igual tropezabas con un director de cine que te molaba y te pasabas dos días hablando con él, fumando, bebiendo, o simplemente charlando. Sin prisas, con todo el tiempo del mundo, podías enrrollarte cantidad y siempre aprendías cosas, te sentías cálido, humano”.

“El dinero no fue tampoco problema. Doce personas sobreviven más fácilmente que una o dos. Por supuesto el dinero estuvo siempre colectivizado. La mayoría trabajábamos, había unos que trabajaban en un banco y se dio el caso curioso de que los que tenían el trabajo más opresor, más metido en el establishment, eran luego los que querían imponer planteamientos más radicales a la comuna, en el sentido que siempre estaban haciendo planes, reglamentando las cosas, estructurando situaciones, articulando los períodos hasta lograr la comuna rural que era su meta obligada. Y por ahí vino el mal rollo, la lenta descomposición y el fracaso. Nosotros, los espontaneístas, dejábamos hacer, no planeábamos nada, dejábamos que las cosas fueran saliendo a medida que íbamos creciendo. Las cosas salían y no había por qué forzarlas. El sistema y la educación tienden a hacemos creer que el laissez-faire es un caos, y es falso. ¿Por qué esta necesidad siempre de reglamentar los descubrimientos? ¿Por qué este empeño en burocratizar a las personas y sellar las situaciones? Y se hicieron dos grupos, y los unos comían el coco a los otros y fuimos perdiendo energías progresivamente hasta que la policía, como siempre, dio su golpe. Una noche apareció con la excusa de la droga, lo registró todo sin permiso, no encontró nada, pero se nos llevó. Estaban moscas, aquella casa se había hecho famosa en toda Barcelona, era un centro de subversión, y acabaron con ella. ¿Quién nos iba a defender? C‘est finí la comuna. La casa sigue milagrosamente en pie, más rodeada de bloques y contaminación, por supuesto, pero sigue, a veces me paseo por allí y me siento bien y, por cosas de la vida, el inquilino actual es un payaso”.

“La comuna de Horta supuso un punto de resistencia y un punto de contacto. Allí se conoció mucha gente. Estoy seguro que los primeros enrrollados de Barcelona pasaron buenos ratos. ¡Cuántos viajes compartidos, cuántos descubrimientos! Recuerdo que llegamos a estar cuatro días seguidos, haciendo nuestra música, superenrrollados, comunicando profundamente sin parar, de una forma muy total. El ego-individualismo se rompía y nacía la conciencia de grupo. Juntos también superamos bastante el tinglado del sexo. Escribimos, yo tenía un diario, pero lo quemé. A pesar de que pasaba mucha gente: amigos, conocidos, gente que deseaba iniciarse en el rollo…etc., también tuvimos tiempo, y mucho, para conocemos, tener y tejer nuestra propia dinámica. Es posible que volvamos a vivir en comuna, creo que el que ha pasado por un rollo comunero fuerte, jamás puede llegar a olvidarlo del todo y es como una sombra que te persigue. “Has probado algo mejor”. Con el tiempo vas olvidando las tensiones y te queda el regusto de una experiencia imborrable que ha posibilitado en ti el desarrollo de sensibilidades que de otra manera jamás hubieses ni conocido. Porque una cosa son loís discursos y las teorías, otras, la práctica. Quizás las comunas no sean una alternativa definitiva, pero sí son experiencias en las que rompes muchos tabúes y vives, te relacionas y a momentos gozas de una felicidad-comunicación total. La idea de irnos al campo jamás la hemos abandonado… quizás algún día. No pensamos reagrupamos otra vez, cada uno actualmente tiene su rollo. Con el tiempo se evoluciona y cada uno tira por su lado, con su gente. De hecho ninguno vive solo, y estos días vuelvo a vivir con el Pera que se va de Blanquería”. “Las comunas son hoy muy diferentes, las circunstancias han cambiado, hay mucha gente metida en los líos antiautoritarios intentando vivir de otra manera, de todas formas desconfiamos de este boum comunero”.