SisaNiños Malos

Permanezco sentado en una silla de la Plaça del Rei, seducido por la música de Visca la llibertat. ¿Qué ha ocurrido en estos años? Aún lo veo apoyado en la barra del antiguo Zeleste, bebiendo copas cargadas de sueños o ligando con ternura y mucho despiste antes de que la realidad de los ochenta machacara la poesía y la magia. Frente a las escaleras donde los Reyes Católicos recibieron a Colón, recuperó emociones que un rosario de fatalidades políticas mandaron a tomar viento. En el instante en que Sisa canta “demà plourà a la Plaça del Rei”, una lluvia menuda tiene el capricho de caer. El cantante se pone tierno. Quizá recuerda a su madre cuando, de pequeño en el Poble Sec, llamaba a las vecinas para que escucharan como el “nano” tocaba la guitarra.

Contemplo el cielo. El resplandor de una luna entre nubes me canta que no hay nostalgia. Aquellos sueños compartidos fueron lúcidos. El sol se instala en el escenario entre ovaciones galácticas. Sisa, ahora sí me lo creo, ha vuelto. Ricardo Solfa, hastiado de las barras y de los bares de tapas de Madrid, dicen, se ha ido de vacaciones a Almería.

Con sorpresa, en los dos últimos meses, vivo reencuentros que restablecen una memoria cargada de buenos augurios porque los más jóvenes la quieren viva. “Antes, estos jóvenes tendrán que dejar el plato caliente e irse de casa, jugarse el tipo y la vida. Los raros de nuestra generación, independientemente del origen social, nos buscamos la vida, queríamos hacer cosas y las hicimos con Franco vivo y en un país atrasado que estaba en la frontera del Tercer Mundo. Ahora no sé cuál será el estímulo, el chispazo que encienda el fuego. Yo quiero agitar y sentirme que formo parte de algo que se mueve. He vivido catorce años en Madrid, lo pasé bien, la gente simpática y castiza, y me han dejado un ligero poso de informalidad”.

Sisa reivindica el mayo del 68 porque aquella juventud que se rebeló estaba ya en la opulencia y en el aburrimiento y no pedía pan para los pobres sino cambiar la vida, como Rimbaud. “Lo que implicaba un cambio de valores, de cultura, de economía y de Sistema. Y lo pretendía con un contenido de espiritualidad y una poética que es lo que encuentro a faltar en el movimiento antiglobalización. Es como si sólo quisieran actuar desde fuera. Yo soy universalista, el 68 no fue nacionalista y no sé dónde ha ido a parar aquella tradición. Hay que recuperar aquellos valores porque mantienen una vigencia urgente”.

El trovador galáctico es una rara avis que tras la desarticulación de la movida libertaria a principios de los ochenta, trató de recuperar la canción melódica hispanoamericana con el nombre de Ricardo Solfa en Madrid. “La Movida madrileña volvió banal la vida cultural y el impulso para un cambio real. Para colmo, fue totalmente asimilada por los socialistas. Cuando llegué en 1987, la imagen era Alaska y Almodóvar tomando copas con Leguina y Barranco, o Ramoncín jugando al billar con Felipe González. Mi movida fue la de los setenta en Barcelona. Más profunda, más reivindicativa, más inteligente”. En fin, Ricardo Solfa llegó a Madrid, actuó en el Elígeme y obtuvo un cierto reconocimiento aunque fue un fracaso comercial. “Quizá no lo supe explicar bien, o quizá trabajé poco y me divertí mucho. Con la perspectiva que da el tiempo, puedo valorar el éxito conceptual de Ricardo Solfa en el sentido de que ahora todos los cantautores cantan boleros, rancheras, corridos, habaneras y tangos”.

El Sisa eterno está escribiendo más canciones y pronto grabará nuevo disco. Vive en Las Ramblas, “que ahora son el Paseo Marítimo de Benidorm. Tras veintidós años mandando, los sociatas han convertido mi ciudad en un balneario de placidez donde todo es bonito y han absorbido los residuos de aquella tradición libertaria, universalista y crítica que arrancó en el 68. Ahora resulta que los museos municipales como el MACBA o el CCCB son las vanguardias estéticas de Cataluña. Esto es una perversión que ha tomado carta de naturaleza; cualquiera está encantado de que estos centros le paguen algo. Síntoma grave que merece una respuesta: ¡Boicot Total! ¡Que los cierren! Paralelamente, sí creo que en Barcelona están pasando cosas. Lo detectas cuando vas a ciertos tugurios. Gente que hace fanzines, recitales de poesía, cortos, maquetas”.

¿Qué pasó al final de los setenta? “Nosotros habíamos luchado por una Cataluña abierta y por activar un germen revolucionario que pretendía cambiar la vida. Todo aquello se fue apagando mientras el nacionalismo copaba todas las posiciones y compraba cualquier forma contracultural y crítica. Por ejemplo, todo eso del rock catalán es un invento para crear una industria de música moderna potenciada desde TV3. Cuando no hay talento, la basura es basura, y los basureros mayores son Sardá y los gestores de La Trinca”.

Recuerdo la presentación en Zeleste del disco que le cambió la vida. Qualsevol nit pot sortir el sol. En la puerta, los undergrounds del Rrollo Enmascarado capitaneados por Mariscal y Nazario vendían el tebeo apaisado, como de niños, que le acababan de editar con sus letras: Diploma de Honor. Fue una de las noches más mágicas que viví en Zeleste. Sisa convenció y se convirtió en un símbolo de revuelta en toda España. A los dos meses, Claudi Montanya le hizo una entrevista en Fotogramas en la que el cantautor se declaraba anarquista vital. A causa de estas declaraciones, no pudo actuar, por orden gubernativa, en el primer Canet Rock. Aquél que representó la culminación de unas músicas y unas poéticas que Pau Riba había iniciado en 1967. “Conocí a Pau en una actuación clandestina en un centro de La Verneda en 1968. Lo vi en escena vestido de colores, con una melena hippie y unas letras que me sobrecogieron. Nos hicimos amigos, me ayudó y grabé mi primer single. Llegaron las sesiones matinales del Salón Iris, el Grup de Folch, El festival del Price y el disco con Música Dispersa. En 1973, paseé el Qualsavol… por todas las casas de discos y ni Edigsa, que editaba todo lo catalán, me lo quiso editar. En 1974, me busqué trabajo en una compañía de seguros. Poco después, Victor Jou y Rafael Moll, que habían montado Zeleste en 1973 como alternativa a Bocaccio, que representaba lo oficial dentro de lo progre, me propusieron actuar y presionaron a Martín para que Edigsa me grabara el disco. Tenía veintisiete años y viví unos años maravillosos”.

¡Fijo! A este despistado que ha culminado una gran revolución interior le esperan épocas mejores; se lo merece él, lo merecemos todos.

 

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En 2005 editó Sisa al Zeleste, una grabación que conmemora sus espectáculos en 1975, y en 2008 sacó su disco Ni cap ni peus.