Juanjo SáezNiños Malos

Las calaveras con patas, las niñas traviesas que incitan a pensar en cochinadas y lo vitriólico están presentes en sus tiras, sus ilustraciones, sus flyers y sus eslóganes publicitarios. El autor es un chico menudo, algo tímido y con una gran capacidad de percepción que utiliza el lenguaje de la calle y el trazo simple para crear unos personajes que despiertan sensaciones de cuando fuimos niños. Dicen por ahí, que este chico, que de tanto en tanto es un incordio, es uno de los pocos comunicadores que aún llegan al alma. Cuando charlas con él, te clava sus ojos claros en los tuyos sin distracciones, y te trasmite mucho de lo que no dice. Son lo ojos con los que absorbe cuanto le rodea. Fijo, en un par de semanas, voy a aparecer en una de sus tiras, ahora las publica en la revista gratuita Punto H, y se va a cachondear de mí con un bisturí malicioso y siempre ocurrente. Juanjo bordea la treintena, es tierno y directo, y se está convirtiendo en estrella de la nueva cultura underground barcelonesa. Tiene cantidad de hinchas que festejan la tensión irreverente que impregna los sentidos al contemplar sus pequeñas obras de arte.

En la exposición que presentó en el Reina Sofía sobre diseño español, Juanjo fue seleccionado con un par de flyers que publicitaban el Olivia de la calle Joaquín Costa, un club que ya no existe. “Venid al Olivia por el amor de dios”, rezaba el eslogan. La palabra “tonto”, enmarcada en negro junto a la ilustración presidida por un personaje femenino infantiloide, da fe del sarcasmo que siempre le acompaña. Otro de los cuentitos con los que ilustró un punto de lectura que promocionaba uno de sus clubs predilectos, el Benidorm, decía: “La estrategia es determinante para ganar al club enemigo, hay que observar sus movimientos”. “Ahora hago la publicidad mediante flyers y carteles de un local que se llama Astin. He creado un personaje, Putastin, una chica un poco gamberra y guarrilla, que anuncia el club y que parece que gusta tanto a la gente que se ha creado un club de fans. Esta semana, Putastin ha lanzado polvos pica-pica contra la publicidad del club de moda más moderno, Mond club, el ex-Cibeles, cuyos flyers los hace el glamouroso Jordi Labanda”. En los correveidiles más fashion de la ciudad, todos quieren descifrar la velada acidez contra Yolanda Muelas, directora de la revista gratuita A Barna, y contra Jordi Labanda, que la ya célebre Putastin promueve. “El humor es una forma muy libre de decir lo que piensas. Soy muy crítico y me molesta mucho lo que se supone que está bien. De pronto, se pone algo de moda, no se sabe muy bien porqué, y todos van para allá. A mí me gusta cuestionarlo todo desde estas pequeñas tribunas sin pretensión, para que la gente se cuestione algunas de las cosas que hace. La cultura juvenil de Barcelona está bastante vacía, faltan contenidos y que la gente piense más”.

Cada viernes, ilustra la portada del suplemento de cine de El Periódico con bastante astucia. En una ocasión, le cayó una buena bronca porque hizo una tira en este diario sobre Raimon en la que daba a entender que él no sabía ni remotamente quien era el cantautor. “Se lo tomaron fatal. Y aunque suelo colar lo que me interesa, me siento más libre en las pequeñas tribunas como las de la revista Punto H”.

Cierto. En estos últimos tiempos, a trancas y barrancas, está emergiendo en la ciudad de los falsos prodigios una nueva generación de creadores que pasan olímpicamente de la cultura que ha fosilizado el ejército de gestores culturales a sueldo de las arcas públicas. “Todos los políticos son los mismos perros con distintos collares y no me identifico con ninguno. Paso de este tipo de política que ya no sé de qué va. Cuando llegan las elecciones, voy a mi colegio electoral y deposito un voto en blanco”. Le pregunto por Ben Laden. Me cuenta que le cae bien y que quien juega con fuego se quema. “Estados Unidos ha estado impartiendo su ley como les ha dado la gana, el rebote estaba garantizado. Me extraña que no haya ocurrido antes. Veo francamente mal que a una panda de secretarias les haya caído un avión encima pero lo del Pentágono no me parece tan grave”.

Buenos tiempos para la muerte es un libro pequeño, una historieta que narra recuerdos de su infancia y adolescencia. Un día, mientras estudiaba pintura en la Escola Massana, junto a dos compañeros con quienes hacía un fanzine, se colgaron las mochilas al hombro y partieron rumbo a Europa. En Alemania, hicieron auto-stop, les paró un tipo con aspecto paramilitar y por los pelos no acabaron en una fiesta gay leather nazi. Sintieron terror ante la posibilidad de ser asesinados. Y hace escasas semanas, ha presentado con Sonia Gómez su primera obra de teatro en los sótanos de un centro cultural con el amparo de la extinta General Elèctrica, la compañía de teatro experimental de Roger Bernat. “Es una visión muy callejera sobre Barcelona, la ciudad en la que nací y en la que siempre he vivido Cuando Roger leyó el texto me sugirió algunos cambios. La obra decía: “en mi ciudad hay moros que roban”. Nos propuso que cambiáramos moros por argelinos, pero no nos pareció oportuno”.

Juanjo vive en el Raval, “¡qué lujo ganarme la vida dibujando aunque no me dé para grandes pompas!” Él es un chico de extrarradio, nació en La Sagrera, y es hijo único. En su infancia, solía pasar temporadas con su abuela materna en un pueblo de Huesca. “En cuanto sales de Barcelona, que es una ciudad en la que hay de todo, me doy cuenta de que me entiendo mejor con los aragoneses que con los muy catalanes”. Sus primeros años no fueron fáciles. El asma le amargaba porque no podía correr, ni ir a la piscina, ni bajar al metro. “Sí podía dibujar y crearme un mundo propio muy hermético. En la escuela y en el instituto lo pasé mal porque me sentía como un marciano. Con aquellos profesores no existía diálogo y, como me sentía un inútil, mi autoestima estaba por los suelos. Un día descubrí en El Víbora los cómics de Mariscal, pensé que el tío lo hacía mal pero me fascinaron y acepté que mis dibujos no eran pésimos. Entré en la Massana y mi vida cambió porque los profesores eran buenos y además eran amigos”.

El punk es su cultura porque es indie o callejero. Sus grupos son Motorhead, Los Stogges de Iggy Pop y Selecter. Ha seguido la cultura techno pero, como este movimiento no le ha dado lo que esperaba, ha vuelto a sus orígenes. Está muy obsesionado con el amor. “Tengo la sensación de que me falta alguien con quien compartir mi rareza, es posible que el ideal no exista, pero no me gusta drogarme ni pasar la noche en las discotecas. Prefiero charlar con los amigos hasta las tantas”.

 

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De los flyers a la poesía gráfica. De El Periódico a la editorial Random House y un buen recibimiento más allá de España de sus libros Viviendo del cuento (Mondadori) y El Arte. Conversaciones imaginarias con mi madre (Mondadori). Durante meses del 2008, en algunas estaciones del metro de Barcelona, pueden contemplarse unos dibujos suyos que son interpretaciones de poetas catalanes.