NazarioNiños Malos

Aún veo los zapatos plataforma de color verde loro y uñas violetas con las que adornaba aquellas manos que se posaban sobre mis muslos al relatarme historias entrecortadas con voz de cazalla y deje andaluz. Estábamos sentados en las sillas de las Ramblas, un poco más abajo del café de la Opera. Hacía tres días que había salido el número uno de Ajoblanco. Corría el mes de Octubre de 1974 y aún no hacía frío. Nazario con su largas melenas pintadas de jena me vio en la Ópera y me dijo: “Nena, ¿tú eres el del Ajo? –Asentí con la cabeza-, pues ven y siéntate conmigo, pero allá”.

Así conocí a Nazario, el gran maestro del underground español. Eran tiempos de rebeldía en los que la provocación y la fiesta tomaron las Ramblas y derramaron un nuevo imaginario por todo el país. “La Barcelona de aquella época necesita una gran exposición como revulsivo. Era un hervidero donde el miedo no reinaba en la calle y donde cualquier idea se convertía en realidad. Zeleste, donde Sisa se hizo grande, el Magic, donde Almodóvar pasó sus primeros cortos, Canet Rock, las Jornadas Libertarias, el Saló Diana… Aquella ciudad mítica se ha convertido en una de las más grises y provincianas, y no hay vuelta a atrás. Clos fue un tipo de plástico y Maragall no tenía propuestas, sólo esperaba que Pujol resultara fatal para todos”.

El superviviente de la Plaza Real nació en un pueblecito de la provincia de Sevilla en 1944 con el arte en sus venas y un talento poco común. El pueblo le agobiaba, se fue a los Salesianos de Sevilla y más tarde estudió magisterio. A los diecinueve, se independizó de la familia dando clases en una escuela para adultos. “Estuve pululando por pueblos. En Morón, aprendí a tocar la guitarra con Diego del Castor, uno de los mejores flamencos que han existido. Mis fantasías eran intelectuales, me identificaba con lo progre, tenía ganas de bulla y era homosexual”.

En las proximidades de Morón se estableció una colonia de beatniks  norteamericanos alrededor de los gitanos que le abrieron la mirada a los movimientos undergrounds y a las músicas de Jimmy Hendrix, Led Zepelin, Ravi Shankar y Om Kalsoum. “Los señoritos hacían fiestas en bodegas que duraban tres días, con Fernanda y Bernarda de Utrera, Juan Talega, el Borrico; los mejores flamencos. Fue una época de risas, de mezcla de culturas y de algunos viajes a Marruecos para comprar costo”. Nazario, que dibujaba desde niño, inventó entonces el cómic underground sin saber que Robert Crumb hacía algo similar en California aunque sin vírgenes de Semana Santa ni puntillismo barroco.

La inquietudes de Nazario hervían y decidió compaginar su profesión con los estudios de Filosofía. El joven existencialista se instala en Sevilla y comparte pisos con amigos. Junto a La Cuadra de Paco Lira existía la filmoteca de los jesuitas y Nazario se convierte en rata de filmoteca. “A mi no me interesaba la política, yo leía a Camus, Genet, Sade, Plotino y Spinoza. En la facultad me llamaban angustia vital. Un día escondí la maleta mágica con todos mis escritos y dibujos debajo de la cama de unos amigos y pasé un verano en París, tuve un novio noruego y viajé por Europa durante el invierno. El Greco y Piero della Francesca me molaron. Al volver, la guitarra y la escritura dejaron de apasionarme y me concentré en dibujar historietas”. Fue entonces cuando dibujó Sábado, sabadete y La verdadera historia del Guerrero del Antifaz.

En septiembre de 1972, Nazario pide el traslado a Barcelona para dar salida al mundo que lleva dentro y que en el sur siempre se queda en proyecto.

“Al poco de llegar, conocí a Mariscal en el bar London. Mariscal estudiaba en Elisava con Miguel Farriol, que sería “el Jefe” cuando fundamos El Rrollo Enmascarado, la primera publicación underground editada en España. Recuerdo muchos fines de semana en Masnou, que es donde ellos vivían, charlando y dibujando hasta que decidimos montar la comuna de la calle Comercio, una de las factorías creativas más enrolladas de la época”.

Guardo el recuerdo de aquella casa repleta de espejos y trastos viejos en la que se sucedían fiestas alucinadas y se parían diez ideas por minuto. Una tarde, Montesol, que no vivía allí pero dibujaba en una mesa que compartía con Mariscal y los hermanos Farriol, me condujo hasta aquella cueva misteriosa y estuvimos charlando con Onli You y Pepichek. Este último fue quien me regalo Diploma de Honor, tebeo con canciones de Sisa que presentaron en Zeleste con tumulto. Nazario o la “Tita mayor”, como lo apodaron sus compañeros de comuna, estaba muy concentrado retocando el cómic La Piraña divina, que fue impresa clandestinamente en una vietnamita de la Escuela de Ingenieros. Días después, Josette le presentó a Ocaña y Camilo en el café de la Opera. “Ocaña me pareció una persona fascinante, nos complementamos desde el primer momento. Casi todas las noches se disfrazaba con mucho atrevimiento, salía a las Ramblas a saludar a los mil artistas que pululaban, les cantaba coplas y les regalaba claveles. Yo empecé a fluctuar entre el ambiente de Comercio y el taller de mamadoras de la Plaza Real de Madame Ocaña”.

“Vendimos varios ejemplares ciclostilados de La Piraña en el primer Canet Rock y creímos que la policía nos había detectado, cundió la alarma y huimos de Comercio. Mariscal y los Farriol a Ibiza, yo a las playas de Huelva”. Cuando pasó el susto, Nazario regresó, la revista Star le compró muchas de sus historietas, las Ramblas entraron en su apogeo, montó una nueva comuna con Mariscal en la Plaza del Pi y llegaron las Jornadas Libertarias. “Todo el mundo tenía derecho a participar en la fiesta anarquista. Ocaña, Camilo y algunos otros nos subimos al escenario del parque Güell, nos despelotamos y fue el delirio. Tebeos como San Reprimonio o Purita braga de hierro me servían para quitarme mis represiones y las de mis amigos. Y no expuse en la galería Mec Mec porque estaba en contra de la obra única que disfruta un tipo en el salón de su casa”.

Anarcoma, su historieta cumbre junto a Turandot, fue algo mucho más lúdico. “Me cachondeaba de la pornografía. Antes de publicarlas en El Víbora, conocí a Alejandro en Sevilla y le dije que se viniera a vivir conmigo. Quedó libre un estudio junto al de Ocaña, en Plaza Real, y aquí seguimos”.

Ocaña murió hace más de veinte años. Cada vez que vuelvo a casa de Nazario, lo encuentro tan creativo como siempre aunque mucho más sosegado. “Otro momento importante de mi vida fue hace siete años, cuando decidí dejar de beber y enrollarme a pintar cuadros. Pinto naturalezas muertas y bodegones. Por ejemplo, los detalles que envuelven a un personaje que se ha ausentado. La mesa con un cenicero lleno de colillas, los naipes a mitad de un solitario, el teléfono, un jarrón con flores, un vaso de vino, un disco con la voz humana de Jean Cocteau. Pinto las cosas que amo”.

 

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Sus obras ahora se aprecian en galerías de arte. Alejado del cómic, se entregó a la pintura y flirtea con la fotografía y la literatura. En el 2002 La Virreina le dedicó una retrospectiva. En el 2004 publicó La Barcelona de los años 70 vista por Nazario y sus amigos, (Ellago Ediciones) y dos años después, su primera novela: Plaza Real Safari (La Tempestad), un fresco de personajes y situaciones visto desde su ventana. Su obra integró la avanzada de artistas catalanes promovidos en Alemania cuando la Feria Internacional del Libro en 2007. Este mismo año, la editorial Glenat reedita Diploma de honor, a la vez que Alí Babá y los 40 maricones se convierte en parte de la polémica sobre la asignatura Educación para la ciudadanía, cuando la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, asegura que el gobierno quiere incluir este libro como material complementario.