Marta CarrascoNiños Malos

Muchas mañanas, una mujer sola pasea por la playa del Masnou con su perra Salomé. A continuación, suele desayunar en una cantina junto al mar con mujeres marginadas a quienes las circunstancias de la vida han maltratado. Su voz, cuando habla, es eléctrica y pasional. Sus gestos son a un tiempo cortantes y cálidos. “Soy la pequeña de una familia de cinco hermanos; tres chicas y dos chicos. Mi familia es burguesa, aunque sin un duro, ¡una lástima!, y la calificación de pija la arrastro por todas partes. En el mundo de la danza contemporánea si no te rapas la cabeza te miran mal. Soy nieta de Manuel Carrasco i Formiguera y esto marcó a todos sus hijos, y por tanto a mi padre, un señor muy particular al cual adoro porque es un ejemplo de humanidad”.

Marta Carrasco me arrolla con una simpatía que roza la genialidad y me repite una y otra vez que es tímida, tremendamente tímida, aunque la vida enseña y al fin consigues disimular. Aprender es una de sus obsesiones, y la obstinación con que ha tejido su carrera de bailarina y de escenógrafa, pienso, es lo que ha modulado una creatividad que tienta el límite expresivo con lo que ha cosechado tres espectáculos fascinantes.

Fue al Liceo Francés, su padre no quería que sus hijos estudiaran en colegios castellano parlantes, y no fue una experiencia feliz. Se sentía oprimida. De las horas que pasó encerrada en las clases, guarda un mal recuerdo. Cuando me habla de los árboles del jardín del colegio, sus ojos trasmiten luz. “A los catorce años me echaron. Paralelamente estudiaba órgano electrónico y mi profesora me dijo que debía estudiar piano y solfeo. Me fascinó, y con unos compañeros de clase montamos un grupo de rock sinfónico al estilo Supertramp. Nos presentamos a un concurso y quedamos finalistas. Grabamos un disco, hicimos un vídeo clip y algunos bolos, pero como tocar en público me agobiaba, lo dejé. Tenía diecisiete años. Fue entonces, cuando una amiga me llevó a un estudio de danza donde estaban dando una clase de jazz con música en directo. Quedé prendada y en casa dije aquella noche: Pare, vull ballar. Drama. “Nena, cauràs al barranc”. Mi primera maestra fue Anna Sánchez. Como no tenía dinero, trabajé en bares y haciendo promociones de Marlboro, Winston y de lejía La estrella en supermercados.

Empezar la carrera de bailarina a los 17 años es un reto. Pero Marta, gracias a su tío Jordi Carrasco, era una excelente jugadora de tenis y tenía cuerpo de atleta, lo que sin duda le facilitó la tarea. A los veinte años, se presentó a los pruebas del Institut del teatre. Tras realizarlas, le dijeron: “Contigo tenemos dudas porque parece que la vida te ha resultado fácil y no sabemos si te lo tomarás en serio”. “Yo me indigné pero como tenía prisa por aprender, callé. Por lo visto, no llevaba la camiseta lo suficientemente rota. ¡Dios, cuántos prejuicios hay en este país! Entré y al cabo de un año estaba bailando en la compañía de aquella profesora. Curioso. En el Institut, los profesores eran funcionarios y llegaban a clase ya aburridos. Saqué notables, estaba aparentemente integrada pero al cabo de una año lo dejé. Tenía prisa. Estuve en París y en Nueva York, y al volver me encontré con un profesor muy especial, Ivan Boermeester. Su disciplina era muy peligrosa pero si sabías defenderte e impedías que te humillara, aprendías mucho. Clásico y neoclásico. Me forcé el cuerpo y durante dos años estuve bailando en aquella compañía que me descubrió técnicas que necesitaba”.

Àngels Margarit se fija en ella y en 1989 le propone participar en una de sus coreografías. Así es como inicia una gira con la compañía Mudanzas por Europa. Marta no ceja en su empeño, realiza cursos con Ana Maleras, una de las personalidades que más ha hecho por la danza, en Sitges y en Mallorca y se da cuenta de que en su frontera, la danza y el teatro se fusionan. Ante el espectáculo Sols a solas de Ramon Oller, director de la prestigiosa compañía Metros, Marta se queda con la boca abierta y se dice a sí misma: “¡Qué bonito y qué triste me siento! ¡Nunca podré hacer algo parecido!” Pero cuando el tesón es grande y se tiene una voluntad como la suya, el arte surge con furia, tanta que a los pocos meses, Marta telefonea a Ramon y le propone que la pruebe. A la semana, Marta interpreta junto a la actriz, Lola Lizarán, el nuevo espectáculo de Metros, Qué pasó con las magdalenas, y cuando Ramon repone Sols a solas, Marta cumplió su sueño; el día del estreno se pisó el vestido. ¡La emoción y los nervios! Pero salió más que airosa. “Me quedé cinco años con él. Si puedo decir que he tenido un maestro, éste ha sido Ramón Oller. Como es un poco vampiro, sacó de mí lo que yo no sabía que tenía. Ha sido mi amigo y mi hermano de sangre. Lo pasé muy bien y muy mal, nunca términos medios, todo fue “muy”. Él sabe sacar de las personas lo mejor de sí mismas a un precio a veces muy –realza de nuevo el “muy”- alto. Fuimos uña y carne, pero al fin nos separamos. Ahora, volvemos a ser amigos.”

1995 fue un año crítico para la bailarina. Tras aprender interpretación con Manuel Carlos Lillo y Txiqui Berraondo, contactó con Pep Bou. “Es otro ser al que le debo mucho. Es muy generoso y opuesto a mí. Sabe de iluminación y me ofreció colaborar en su espectáculo Sabó, sabó. La interpretación me fascinó y me di cuenta de que sin magullarte rodillas, codos y tobillos se pueden hacer cosas”. Pep le deja un espacio y Marta se encierra unos meses en soledad. Pone el tercer movimiento de la Tercera Sinfonía de Mahler, a Jacques Brel o a la Piaff y vomita fuerza, tristeza, gestualidad. “Allí sola parí mi primer espectáculo desde la memoria y con mucho estomago”. Aiguardent es un espectáculo redondo que obtuvo el Premio de la crítica en 1997, y cuya interpretación le valió la nominación de los premios Max en la categoría de mejor intérprete femenina de danza.

 Aiguardent es un espectáculo expresionista de una gran potencia visual en el que la frontera entre locura y cordura de la única protagonista que es alcohólica sobrecoge. La relación con los objetos también es importante.

Marta parió luego Blanc d´ombra, un espectáculo también en solitario que es un homenaje a la escultora Camille Claudel, que vivió una historia de amor infinito con Rodin y acabó encerrada en un manicomio. “Mi último espectáculo, Mira´m ha contado con la participación de cinco interpretes muy especiales que he ido conociendo por ahí y en el que yo solo dirigí. En el próximo sí actuaré de nuevo”. Mientras, trabaja con los mejores directores de Cataluña para mejorar los movimientos de los actores. “No concibo la danza como adorno”.

 

*                          *                         *

 

Aiguardent ha estado en escena hasta el 2008. Trece años de éxitos y dos premios Max para una obra cruda que ha consolidado a la actriz y coreógrafa con otras creaciones como Mira’m, Etern, Eso sí que no! (2003) y  Ga ga (2005). En el 2005 participó en el film Iberia, de Carlos Saura.