Mario TorrecillasNiños Malos

Este chaval nació La Clota, un barrio de Esplugues metido en un barranco lleno de cuevas que excitan la imaginación. “Le tengo mucho cariño al lugar donde me crié y, ahora, que vivo con mi chica en un pisito junto a La Generalitat, vuelvo en algunas ocasiones en compañía de mi amigo, el director de cine Agustín Villaronga, quien prefiere cenar con un chaval de mi barrio a con gente como Manuel Gutiérrez Aragón o Vicente Aranda. El mundo de la élite del cine es muy gélido”.

Mario Torrecillas es un obstinado autodidacta que desprende entusiasmo por los cuatro costados y que es capaz de colarse sin ser visto en cualquier sarao que tenga que ver con el cine o la literatura. Yo le conocí a finales de 1994 en los pasillos de la redacción de Ajoblanco y, aunque no he sabido de su historia completa hasta ahora, me pareció desde el primer día uno de las personas más ágiles mentalmente que traté entonces. Por mediación del joven escritor Gabi Martínez, se convirtió, con apenas veinte años, en el periodista más peculiar de la publicación que yo dirigía. No es para menos. Un grave suceso acaecido cuando tenía catorce años, le marcó de por vida. Una tarde de setiembre, al salir de la escuela, Mario se encontró a su madre colgada y tuvo que bajarla. “Fue una muerte muy trágica que desmembró a la familia. Mi padre, que es electricista, se metió en una burbuja, mi hermano, dos años mayor que yo, se montó su vida, y yo, que en el cole era un poco trasto, fui acogido por las familias coreanas que vivían en Barcelona. Fue un salto curioso”.

¿Familias coreanas?, le pregunté con asombro. “Tenía una cualidad física envidiable. Mi flexibilidad y elasticidad eran increíbles. Los coreanos me internaron en un centro de alto rendimiento donde durante años me iniciaron en la filosofía y la disciplina oriental. El maestro Song me indujo a ver la vida desde Corea y me estrujó hasta convertirme en una gran deportista. Pretendían que triunfara en el 92”. Mario se convirtió en un taekwondoka excepcional. Fue campeón de Cataluña, de España, del mundo. El taekwondo le ayudó a olvidar. “Pasé épocas de desnutrición absoluta. Era como un etíope en Barcelona pero rodeado de comida. En este deporte todo funciona en base a determinados pesos y a mí me querían en uno muy determinado. A veces pesaba dos o tres kilos de más. En una semana, tenía que bajarlos y sólo me dejaban comer tres a cuatro galletas pese a que ya era por naturaleza escuálido como un alfiler. Fue muy duro. En cuanto consiguieron de mí lo que querían, me tiraron como una colilla”. Fue entonces, cuando Mario desarrolló su peculiar fantasía y se aficionó al cine. Curiosamente, le gustaban las películas de autor y descubrió a Kieslowski antes de que el director fuese conocido en España. “Yo veía las películas con ojos de calle y al principio no tenía ni idea de lo que podía ser la sintaxis en el lenguaje cinematográfico. Esto lo he aprendido más tarde, cuando he empezado a hacer guiones. Con Kiewsloski, me pasa lo mismo que con Cortázar. Me gustaron ambos pero ahora los veo con distancia. Lo que sí me complació es que, pocos meses antes de que muriera, conseguí entrevistar personalmente al director polaco”.

Este chico de La Clota descubrió un buen día un texto experimental de Gabi en Ajoblanco. Le asombró que una revista publicara cosas así. Se presentó en la redacción y no tardó en publicar su primer artículo. Asesinos Natos era un estupendo reportaje sobre la película de Oliver Stone con argumento de Quentin Tarantino. También entrevistó a Ripstein, a Zhang Yimou y a muchos otros. “Me marcó mucho esta revista porque me permitió conocer gente e ir a todos los festivales de cine que hay en España. Y hablar de cortos, que es la base de nuestro cine. Hay gente joven muy buena que se lo vende todo para hacer un corto, lo hace con resultados óptimos y luego no consigue distribución, con lo que nadie lo ve. ¡Un escándalo! A Agustín Villaronga también lo conocí gracias al Ajo. Este director me ha ayudado mucho. En su película El mar, incluso hice de actor. Juntos también hemos realizado un super8 que ha cosechado varios premios. Villaronga me parece uno de los directores más serios que existen en la actualidad. Ha vivido durante algunos años en los infiernos, pero ahora ha madurado y controla”. Otros directores a los que respeta y con quienes mantiene un relación estrecha son Juanma Bajo Ulloa y un joven mallorquín, Tony Aloy, que rodó El cello con Lauren Bacall. “Hay dos tíos jóvenes en España que despuntan. Roberto Cortes, que es de Salamanca, y Chiqui Carabante, un sevillano que filmó un corto que se llama Bailongas ”. Mario, que detesta el Festival de Valladolid porque seleccionan lo obvio, ama el de Gijón. “Es un festival sin alfombras pero en el que ves las películas que van a marcar tendencia. Los organizadores se patean el mundo en busca de lo más interesante. Y de pronto, te encuentras con la mejor película que se ha rodado en Túnez. La afición de Gijón es la que mejor conozco”.

La sinceridad es algo que no le abandona. Le pesa pero no le cuesta aceptar que fracasó cuando el escenógrafo Cesc Gelabert le pidió que le ayudara a realizar el guión de un espectáculo para el TNC. “Equivoqué el ritmo y era demasiado largo. No estuve a la altura y lo reconocí en un artículo que publiqué en El Periódico. Ureless Kinema tuvo buena crítica pero sólo se salvó por la labor de una bailarina extraordinaria, Maureen López, que se dejó los tobillos”. En lo que sí triunfa es cuando escribe cuentos para niños que le encarga un buen pedagogo, Marian Baquès, quien ha sustituido las malditas fichas por un sistema que enseña a los niños los valores que se están perdiendo mediante juegos y acertijos. Mario también trabaja en una novela que tiene como referencia sus años de deportista.

No vota y los políticos le parecen extraterrestres. “Cuando veo a Pujol, tengo la sensación de ver a Kruschev y a aquellos viejos dirigentes de la URSS, aunque con otra vestimenta. Todos estos políticos dan miedo. Cuando éramos pequeños, nos decían que este tipo de gente podía destruir el mundo”. Mario también sostiene que la distancia entre la gente que hace cosas y la de quienes gestionan la cultura pública aumenta cada vez más, pero se muestra animado porque cree que poco a poco va aumentando la gente que está inquieta y quiere cambiar. “Habrá movida, fijo. Ojalá, las revistas gratuitas tuvieran menos moda y fueran más sociales. En torno a ellas está naciendo algo”.

Le veo alejarse, erguido, finísimo, con su portafolio cargado de proyectos.

 

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Del trabajo en las Bibliotecas de Barcelona con niños de 7 a 12 años, salió PDA, Pequeños Dibujos Animados, el resultado de la enseñanza del proceso de elaboración de piezas de dibujos animados a aprendices de animadores. Los talleres tuvieron una amplia acogida y pronto se hicieron un hueco como espacio de creación en el Festival Cinema Jove de València y en el Festival Europeu de Curtmetratges de Cambrils i Reus.