Marga FarranNiños Malos

A esta mujer le fascina galopar en una potente Harley-Davidson. La compró en Perú a un viejito que ya no la podía montar y que la cuidaba como a la niña de sus ojos. La moto llegó al país de los incas en 1941 para servir en la contienda fronteriza entre Perú y Ecuador. Hay quien dice que aquella guerra no fue entre países hermanos sino entre compañías petroleras, es decir, Shell y Texaco. Los dioses impidieron el sacrifico de la moto que no fue a parar a la guerra sino a un escolta del presidente de la República. Más tarde sirvió para que el escolta convertido en agente patrullara por las calles del barrio chino de Lima. Y este hombre, al jubilarse de todo servicio oficial, se quedó con la moto y se convirtió en el único mecánico autorizado de la firma en su país. A Marga Ferran le legó la joya con la promesa de que la cuidara con mimo y la mantuviera tal cual la había recibido.

Marga llegó a Perú en 1987, tras presentarse a la primera convocatoria de jóvenes cooperantes que promovió el Instituto de Cooperación Iberoamericana para cubrir la plaza de antropóloga. Fue pionera en asuntos de cooperación. “Tenía veintisiete años y fue mi primer trabajo como antropóloga. Al poco de llegar, me encontré ubicada en la Presidencia del consejo de ministros peruanos asesorando a Alan García en temas de regionalización. Planteé verificar un estudio sobre el terreno acerca de las organizaciones sociales de base y sus culturas en los distintos departamentos. Viajé por todo el país, conocí a muchos líderes populares y contacté con las federaciones indígenas de la Amazonia peruana”. Marga alucinó ante la dignidad y veracidad de aquellas gentes que mantienen el sentimiento de pertenencia a una comunidad y que luchan a muerte para no perder los derechos sobre sus territorios. Cuando Marga concluyó el trabajo con el ICI se pasó al bando de los vencidos.

En 1989, cuando pocos hablaban de cooperación y ayuda al Tercer Mundo, esta pionera fundó una pequeña ONG, Cooperación Amazónica, y se instaló en Watchiens,un poblado indio de etnia aguaruna a orillas del río Marañón. Lugar fascinante en el que Herzog quiso filmar Fitzcarraldo y del que fue expulsado por los indios jíbaros por falta de pudor con el medio. “Herzog incluso les llegó a prometer que si colaboraban les ayudaría a titular sus tierras. Los nativos se indignaron ante tal prepotencia, ellos viven allí desde hace miles de años, se pintaron la cara y se pusieron en pie de guerra”. Los indígenas buscan otro tipo de ayuda y descubrieron en Marga a un vehículo honesto para sus propósitos. “Ellos sabían que el veneno de serpientes de su región servía tanto para hacer antídotos como para fabricar medicamentos anticoagulantes. Y pidieron que mi ONG les asesorara para crear una granja de serpientes y un laboratorio para cristalizar el veneno. Aceptamos el reto, no fue nada fácil. Cacé el primer dinero en la movida del Quinto Centenario, y más tarde en la Generalitat”. Los laboratorios suizos, que ya tenían montado el negocio, no compraron la mercancía por temor a que bajaran los precios. El género acabó mal pagado por el Instituto Nacional de Salud peruano.

Marga siguió batallando y creó una red de comunicación entre las federaciones indígenas por radio mediante energía solar. “Al estar en contacto unos con otros se fortalece la organización y las luchas por la defensa del territorio. También apoyamos el programa de formación en ocho lenguas nativas que ahora ha recogido, con gran presupuesto, la Unión Europea”. La ONG que Marga y su marido crearon no escatimó esfuerzos y realizó un estudio sobre la implantación de la hepatitis B entre la población de doce cuencas hidrográficas tras largos viajes en bote en condiciones extremas. “Descubrimos que más del ochenta por ciento de la población estaba infectada. Hicimos el diagnóstico y recomendamos la vacunación de todos los niños entre uno y tres años. La Secretaría de Estado para la Cooperación tumbó la propuesta. La contradicción es que esta fue la institución que financió el estudio”.

Recuerdo haberla visto por vez primera en un debate que Ajoblanco organizó con motivo del Quinto Centenario. Iba vestida con una chupa negra y cuanto decía resultaba convincente. Estaba claro que aquella morenaza sabía de lo que hablaba porque conocía bien el terreno. Y ha seguido en la labor hasta que Ministerio y Ayuntamiento la acribillaron a auditorías de las que salió impoluta pero desgastada. Tanta captura de comprobantes dejaron a la ONG inactiva durante un año. “Ahora, con la actual política del PP, sólo sobreviven las grandes ONG, que son como multinacionales, o las gremiales, que obtienen socios mediante grandes campañas de marketing. Tampoco me vale asociarme con Pepsi-Cola o con Fortuna para sacar dinero, y las instituciones financian a aquellas que tienen muchos socios y que no ahondan en los problemas que ocasiona la explotación de las compañías transnacionales de los países ricos. Estas ONG sólo son bálsamo para conciencias con cierto remordimiento”.

La reencuentro ahora y me comenta que pese a las dificultades se ha convertido en consultora para la Comisión Europea en temas de cooperación. Ha estado en Colombia, en Sierra Nevada de Santa Marta con la etnia kogui y en el valle del Cauca con los payeses tras un terremoto que sepultó un montón de poblados. “He tenido que convertirme en mercenaria de la cooperación ya que en los dos últimos años nos hemos cansado de presentar proyectos que no han prosperado. Quizá a la cooperación de aquí no le interesa financiar a profesionales con experiencia y prefiera explotar al voluntariado más ingenuo. Se reparten mantas, se construyen escuelas.  Pocas veces se promueve el desarrollo autóctono de las poblaciones. Seguimos mercadeando con la caridad”.

Marga sigue compartiendo trabajo con su marido y tuvo una hija que habla con acento peruano. El director de cine Agustí Villaronga la llamó para que le asesorara en temas indígenas durante el rodaje de su nueva película, Aro Tolbukhin. “Ha sido una experiencia nueva que me ha permitido acercarme a otro lenguaje para explicar la situación en que malviven los ketchís. Un pueblo que sufrió la represión militar durante los setenta y que ahora está recuperando la tierra y la dignidad dentro de su país, Guatemala”.

Con satisfacción me muestra su último trabajo para la Comisión Europea sobre violencia doméstica en los barrios marginales de Lima. Y un proyecto de futuro en Montevideo acerca de niños y adolescentes en situación de riesgo. Hijos de familias desestructuradas que se han vuelto drogadictos o delincuentes.

 

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Es probable que Margarita aún conserve la Harley Davidson. Pero es seguro que su labor en Perú continúa, a través de la ONG Propoli, financiada por la Unión Europea. Propoli ayuda a discapacitados, madres adolescentes, niños, promueve microemprendimientos; una tarea inmensa que concentra su labor en la periferia de Lima, donde se calcula que hay más de 7 millones de pobres.