Gabi MartínezNiños Malos

Tiene temperamento, es polémico, le gusta la burla y, si yo fuera editor, apostaría por él sin dudarlo. Desde que en 1990 se enganchó a la literatura a golpe de corneta en una solitaria biblioteca militar de Huesca y soñó con ser escritor, ha cuidado su carrera con esmero, paciencia y una minuciosa estrategia. Tiene tres libros en danza. Ático, en fase de lectura en las editoriales, un texto irónico que compara la ciudad de Wall Street con Cadaqués y Hora de Times Square a punto de entrar en imprenta para una colección que él inventó, Año Cero, Grijalbo Mondadori. “Me fui a Nueva York con la intención de vivir y documentarme. Padecí insomnio por vez primera en mi vida y pasé mucha noches leyendo unos extensos reportajes que publicaba el New York Times acerca de cómo se desenvolvían los movimientos migratorios y las diferentes razas y etnias en puntos determinados de los Estados Unidos. Hablé con muchos hispanos, conviví con ellos y me inventé la figura del salvaje razonable. Mi visión de esta megalópolis la he construido a partir de un emigrante hispano que aún no ha perdido el instinto y que para sobrevivir tiene que enfrentarse al tiempo. El gran símbolo de la ciudad es el tiempo, el cambio constante. Las Torres Gemelas sólo eran el símbolo del esplendor económico; como se ha demostrado, estaban de paso”.

Fue en otoño de 1993. Un día me telefoneó este chaval y me pidió una entrevista para una revista peculiar. La que editaba Rubén Adrián Valenzuela, un intelectual chileno que había huido de la dictadura, para el restaurante Els quatre gats: tres páginas de información cultural y en la contraportada el menú del día. Me citó en el restaurante, me habló de Rubén y de su trabajo. “Rubén, el último hombre que entrevistó a Allende, fue un maestro fantástico que me adoptó”. Llevaba dos años trabajando en Els quatre gats, había aprendido a moverse y a cubrir los eventos que llenan las secciones de cultura. Como tenía que editar cada día y recoger o crear el mismo la información, no le quedaba mucho tiempo para florituras. Había decidido trabajar en Ajoblanco porque quería hacer reportajes de fondo frente a los superficiales que publicaban los demás medios”.

La memoria es frágil. Esta tarde, en nuestro reencuentro para su retrato, Gabi sostiene que fue él quien se postuló tras comer juntos en el famoso restaurante. Yo recuerdo haber sentido un creciente cosquilleo ante sus preguntas impertinentes. Sinceramente, creo que fui yo el que atrapado por sus dotes y su entusiasmo, le llamé a los tres días y lo cité en mi despacho, nos fuimos a merendar chocolate con nata a Balmoral, ese local de la Avenida Diagonal que ahora ha desaparecido, tan burgués como decadente, pero al mismo tiempo cómodo para la conversación. Le propuse meterse de lleno en Ajoblanco. A los pocos días, se subió a un tren y entrevistó, en Madrid, a un primerizo Ray Loriga. Planteó aquel encuentro como una sucesión de golpes de boxeo entre dos púgiles. Tuvo gracia y la entrevista levantó polémica. Con Gabi, en Ajoblanco, apostamos fuerte por el relevo generacional de nuestra literatura. Y conseguimos que agentes, editores y medios siguieran nuestra corriente. Un éxito.

“En Ajoblanco pasé cuatro años muy intensos en los que me formé como periodista. Viajé por vez primera en avión, fuimos a Granada, ¿recuerdas? Luego fui a Colombia, a Lisboa; traté a todo tipo de creadores, desde Carmen Martín Gaite o Tabucchi, también a los polipoéticos que se reunían en el Communiqué, un club underground, cuando casi nadie los conocía, o a los escritores y editores alternativos que se juntan en Huelva una vez al año. También hice reportajes de calle”. Cuando yo creí que había llegado su momento, le dije: “Ya estás maduro, te aconsejo que pases una temporada en Nueva York a la intemperie, que tiempos tendrás para poder escribir tu primer libro”. Lo que hizo es encerrarse en su casa y escribir un guión sobre los volcanes de Canarias. “Pasé tres meses encerrado, luego seguí colaborando con Ajoblanco e inicié otras colaboraciones en distintos medios. Uno de ellos fue El Correo de las Letras que editaba Plaza Janés para anunciar sus novedades. Como me había aficionado a viajar en tren acompañado de lecturas de referencia: Pla, Durrell;  propuse a los editores una colección sobre viajes en Interrail, escrita por autores jóvenes. Como yo no era conocido fue también una estrategia para publicar. Yo hice el libro de Marruecos. Tuve la oportunidad de viajar y conocer en soledad una cultura ajena, superar los miedos y preguntarme: ¿Y si me quedara? La colección Vive la vía funcionó. Colaboraron, entre otros, Juan Bonilla, Antonio Álamo y Juana Salabert. Poco tiempo después, iniciamos una segunda colección sobre islas en la que integré a autores latinoamericanos como Jorge Volpi”. Gabi viaja a Creta, saca un libro, y más tarde va a Canarias donde desentierra su afición por los volcanes. “ Con Diablo de Timanfaya llegó el escándalo. Dos periodistas del Canarias 7 descontextualizaron algunas apreciaciones sarcásticas y fui portada durante tres días. Los hoteleros y el Cabildo pidieron a Plaza&Janés que retirara el libro. Yo estaba alucinado al comprobar cómo se puede manipular una obra sin haberla leído. El par de cabezas que montaron el sarao sólo leyeron las treinta primeras páginas. Descubrí algo que ya me habían dicho, pero que has de vivir en primera persona para entender mejor, que en este país hay censura, mala hostia y poca solidaridad”.

Gabi nació en una frontera dibujada por la emigración que llegó de distintas partes de España. La que separa Hospitalet de Barcelona. De pequeño, su pasión favorita fue el fútbol. Y se integró en un equipo en el que tenía que meter muchos goles pues la camiseta que le asignaron lucía el número 9. ¿Eres pavero?, le pregunto entre risas y vasos de agua. “Je, je. Más bien me gusta meter la nariz en todas partes. Crecí jugando al fútbol en el barrio de La Torrassa y estudiando en un colegio de misioneros vascos, los clérigos de San Viator, quienes nos contaban sus proyectos en América. Era un colegio rígido pero no beato, donde me inculcaron la disciplina, que es algo que valoro mucho”. La laboriosidad y la disciplina de Gabi Martínez me impresionaron especialmente en los últimos años del segundo Ajoblanco, cuando en la redacción aterrizó un grupito de psicóticos. Creció en una familia en que cada sábado a mediodía, su padre llevaba a casa tebeos y literatura juvenil como El señor de los anillos, que le despertó una furia por leer e imaginar. Luego le entró la furia por ligar con chicas en Castelldefels. Y en el colegio, tras superar la obligación de leer Tirano banderas, que lo dejó para el arrastre, descubrió las Sonatas de Valle Inclán. ¡Qué maravilla! Llegado el momento de elegir carrera, optó por Periodismo y se formó en las revistas ya mencionadas.

Mario Torrecillas, Clara Usón, Xavi Calvo, Josan Hatero, son algunos de los colegas de este joven que despunta y que tanto me convenció desde el primer momento.

 

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Después de Hora de Times Square y Ático, destacó como autor de libros de viajes. Escribió Diablo de Timanfaya, Una España inesperada, Sudd (elegido uno de los libros más importantes del año por la revista Qué leer y El Periódico de Catalunya) y, recientemente, Los mares de Wang.