Ana María MoixNiños Malos

La “nena” de la familia Moix, la petita, fue una cría frágil e introvertida que se pasó los días leyendo desde los doce hasta los dieciocho años. La música de las palabras que construyen la buena poesía le atrapaban más que lo que le explicaban en la escuela aunque siempre sacó notas excelentes. Tampoco le seducían las leyendas que en el barrio, familia y vecinos cuchicheaban acerca de las últimas grandes cupletistas del Paralelo. Sí, aquellas mujeres veneradas por burgueses y potentados que las festejaban con buenos polvos a cambio de joyas a escondidas de esposas y familias. Lágrimas de Bécquer, los cuentos de Ana María Matute y las narraciones de Azorín mecieron con delicadeza una sensibilidad fabulosa en una edad temprana. “El momento en que intuí que esto pudiera ser lo que me iba a dedicar no lo tengo claro, pero sí llegó un día en que me di cuenta que no podría hacer otra cosa”.

Antes de 1965, que es cuando Ana María Moix, en la actualidad poeta, novelista y viva intelectual comprometida, se matriculó en Filosofía, ya estaba acostumbrada a debatir acerca de textos y películas con su hermano Ramón, que tiempo después se convertiría en Terencí, y con Pere Gimferrer, el íntimo del hermano. Tipo rarito que llevaba siempre una cartera marrón de colegial repleta de libros que prestaba con dificultad y a pequeñas dosis durante tres días, ni uno más. “La facultad fue decepcionante. El catedrático Castro y Calvo nos examinaba oral. Durante la exposición de los alumnos se dormía. Antes de concluir, despertaba. La nota podía oscilar entre el notable y el sobresaliente en función de que la familia del estudiante fuera de un lugar más lejano o más próximo a Zaragoza. El de Metafísica, Canals, nos explicaba los tipos de ángeles según el color de sus alas; azules, blancas o rosas que relacionaba con la altura que pudieran alcanzar en vuelo”.

Ana, en primero, había escrito mucha poesía y se politizó cuando en la Caputxinada nació el Sindicato Democrático de Estudiantes. Al salir, resbaló, se cayó y le pasaron por encima seiscientos estudiantes huyendo de la policía en estampida. “En la universidad ser de izquierda estaba de moda pero todo se reducía a palabras”. Su capacidad de percepción, desveló a edad temprana que los dirigentes del Sindicato Libre eran demócratas tullidos. ¡Qué decepción! ¿Cómo pensaba entonces Ana María?: “Los dirigentes del Sindicato mentían y engañaban. Y los de los partidos comunista y socialista lo único que pretendían era conseguir un montón de víctimas sobre las que apoyar su discurso”.

Una mañana, Pedro le prestó una antología de Mara López sobre los escritores del exilio. Ana se la tragó en una tarde y descubrió a la escritora madrileña exiliada, Rosa Chacel. Le escribió a Río de Janeiro y así se inició una correspondencia publicada por Editorial Península en 1998 que, además de dibujar una época turbulenta, desvela el desgarro y la pasión que conlleva toda escritura verdadera por partida doble. “Mi familia pertenece al repelente rango de la pequeña burguesía catalana, esa que a principios de siglo puso las bases de una leyenda sobre un montón de fábricas y se durmió en ella”,  escribe en una de estas cartas.

El trébol poético compuesto por Pere Gimferrer, Guillermo Carnero y Ana María Moix se consolidó pronto y fue más que fructífero. Estamos en la prehistoria de sus carreras literarias, ven mucho cine, escriben poemas, aprenden a mirar la sociedad que les envuelve y casi siempre opinan y toman partido. Ana Maria en soledad prepara tres novelas: Cuca Fera, El gran King y Monty no ha vuelto, que jamás llega a publicar y fueron su aprendizaje. Se presenta al Nadal con veinte años y queda finalista.

“En 1970, Barral y Castellet estaban hartos de la poesía social como arma ideológica contra la dictadura y de las consignas culturales de los políticos marxistas. Castellet publica la antología Nueve novísimos, entre ellos estaba yo, contra el realismo social y se armó un gran revuelo”. Ana había escrito a Rosa Chacel no hacía mucho: “La novelística española no sabe por dónde va y la literatura actual está tan viciada de gratuitismo, comercialismo, afán de exhibición. No sé si es que no se sabe escribir o no se sabe leer”.

Poco después, publicó dos novelas: Julia y Walter porqué te fuiste, ambas en Barral. Ana se volvió menos retraída, más social. Acudía a exposiciones, presentaciones, cenas y luego iba a Bocaccio y los fines de semana a Cadaqués o Calella de Palafrugell. “Mario Vargas Llosa vivía en Barcelona. Dedicaba las mañanas a escribir y por las tardes abría las puertas de su casa. Entonces se hablaba de literatura y no de ventas como ahora, que el mundo de la cultura se ha bajado los pantalones frente al mundo de la economía. La fotógrafa Colita, gran amiga, y yo pasamos muchas tardes con Mario hablando de libros. También asistía a las reuniones literarias que se hacían en casa del poeta Jaime Gil de Biedma, con Carlos Barral, Agustín Goytisolo y más gente.” Ana siempre ha suscitado respeto y jamás ha claudicado de su oficio. Es una fiera literaria por antonomasia. Detesta la hipocresía y sólo se baja los pantalones ante el poder de las buenas letras.

El tiempo pasa. No hace mucho, publicó un libro espléndido: El Vals negro, una biografía de Sissi novelada. “En la actualidad, dirijo una colección de poesía y otra de relatos. Vivimos al son de las modas y no sé qué ha ocurrido con el relato que ha sido injustamente alejado del lector. El relato es superior a la novela porque exige gran precisión. Brevedad, concisión, dominio del ritmo y capacidad de producir un impacto emocional en el lector son sus claves; un gran desafío para cualquier escritor. Además, es un género muy adecuado a las prisas de la vida actual.” Su colección de poesía ha sido también un éxito. Junto a los clásicos como Quevedo o Lorca, ha publicado a  autores noveles y también letras de canciones de Leonard Cohen, Kurt Cobain o Jim Morrison.

“Leer un libro tiene que producir placer y ha de cambiar la vida del lector. Muchas de las novelas que ahora se editan son ligeras, anémicas, lineales. La pereza mental está a la orden del día y son pocos los novelistas que se plantean renovar el género. Me gustan Lobo Antunes, Menchu Gutiérrez y Javier Pastor porque no temen al lector por si no entiende.

¿Y el intelectual?, pregunto. “Adocenado y homologado con lo que se considera correcto, cuando su papel debería ser el ir a la contra, luchar por un mundo mejor o defender algo con rigor. La situación cultural se va empobreciendo por causas ideológicas y por el culto al dinero. Sobrevivo porque sigo igual que siempre. Perdiendo amigos, aunque hay gente con la que puedes conversar con verdad.”

¿Sabían que esta mujer, en la intimidad, despliega un sentido del humor absolutamente mordaz?

 

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Tras dirigir durante años colecciones de poesía y relatos en Plaza y Janés, desde el 2006 es directora de la recuperada editorial Bruguera. Sus ocho años de silencio literario se rompieron en el 2002 con la publicación de De mi vida real nada sé (Lumen) y del lanzamiento de la Biblioteca Ana María Moix, en la que se reedita su narrativa completa. Invitada a la Feria Internacional del Libro de Frankfurt en el 2007, no asistió.