Alex GifreuNiños Malos

La bola del mundo que le trajeron los magos de Oriente gira hasta que con su índice presiona un punto al azar. ¡Cuba! Así fue como un buen día, al salir de su casa de Figueres en la que vive conectado a los principales estudios de diseño mediante un portátil, se compró un billete y aterrizó en La Habana. Paseó y empalmó una fotografía con otra  hasta que en un callejón, no lejos de la catedral, descubrió un taller donde un tipo diseñaba libros con letras de plomo. En un instante, decidió aprender una técnica que Occidente desdeña y se quedó más de un mes en la capital de la isla.

La vida de Alex Gifreu, un hombre cálido y sin remilgos, que trabaja duro y apunta alto, es el diseño gráfico y no le va fotocopiar lo que crean los genios del momento. “Estos trabajos sólo son fachada y envejecen rápido. Prefiero los trabajos limpios, hijos de ideas bien elaboradas. Los hits del momento son Burö Destruct, como en los ochenta lo fue el editor de la revista The Face, Neville Brody, y en los noventa, Emigre, Ian Anderson de Designers Republic y David Carson”. Su mirada, una intuición firmemente arropada y una asociación de ideas veloz e ingeniosa son los pilares de su buen hacer. “El viernes pasado estaba comiendo en una casa de Palafrugell y vi por la ventana como el viento removía las hojas de una palmera. De pronto, contemplé una explosión y me vino a la cabeza una lámpara de Ingo Maurer que es un manojo de platos rotos”.

La monotonía le carga, no puede alargar sus estancias en un mismo lugar y suele viajar cuatro veces al año. “La idea del flyer que anunciaba la fiesta que Manel Clot organizó para despedir la Mediateca del Paseo de Sant Joan me vino al recordar el rótulo sobre el menú de un chiringuito que está en la carretera entre Agra y Jaipur, en India. Como el acto era un poco fashion, quise desmarcarme con una obra muy personal que bauticé Mediateca Club Menu; Joan Morey montó una performance que consistía en un club techno para vips, Mabel Palacín mostraba un abanico de miradas en un vídeo y cuatro fotógrafos exponían sus fotos”.

Otra de sus creaciones fue el póster del carnaval de Roses 2001. Provocó un cierto revuelo y algunos le tildaron de copión y españolista. Era la imagen del Toro de Osborne con cabeza de Micky Mouse silueteados en negro sobre un fondo amarillo. “Nos dieron el premio LAUS, fue seleccionado como uno de los mejores diseños europeos y ha sido reproducido en muchos medios. Lo que hicimos es buscar iconos populares para el carnaval más antiguo de Cataluña y trabajarlos. Crear algo nuevo es casi imposible en cualquier campo, lo que se hace es buscar elementos ya existentes y ordenarlos de otra manera”.

En 1995 realizó el cártel Pilgrim que anunciaba una de sus tipografías para la fundición tipográfica [T-26] de Chicago. “Estuve en Berlín, en un Foro de tipografía experimental, Fuse 95, observando cómo los grandes del diseño mostraban sus creaciones tipográficas. Al volver, creé ocho tipografías, las envié a Chicago y eligieron seis para comercializarlas. Actualmente, el estudio Tank de Boston y Nueva York suele encargarnos trabajos cuando buscan ideas frescas.” También trabaja para equipos de Londres y Berlín. Sus clientes más cercanos son los museos de Figueres y centros de arte e instituciones de Girona, Madrid y Barcelona. Su estudio, [bis], lo creó con Pere Alvaro, un profesor muy joven de la Escuela de Arts i Oficis de Olot, que es la escuela donde Alex estudió cinco años. También han montado una editorial de libros de artista, Cru.

Ha diseñado revistas desde que era crío. Cogía diarios, recortaba las fotografías, inventaba los titulares. A los 14 años veraneaba en Llançà y en Ciutadella de Menorca, y se pasaba las tardes leyendo revistas de cómics. “La que más devoraba era El Víbora ante la estupefacción de los gazmoños. Fue aquel verano cuando, tras leer un artículo del artista underground Only You, les dije a mis padres: Ya sé lo que quiero ser de mayor. Quiero ser diseñador gráfico. Mi madre dijo: “Y qué vas a hacer?”. “Respondí: diseñaré pósters y portadas de discos”. Su padre, que había sido ye-ye y había tocado en Los Hunos se opuso. Ni caso; Alex ha sabido encauzar su energía vital hacía la gráfica, y en su estudio de Figueres, las revistas y los compactos campan por todas partes. Su revista favorita es la holandesa Dot Dot Dot, sigue comprando el Rock de Lux y de las españolas, da notable a Matador. “El punk me fascina y la película que he visto en más ocasiones es La naranja mecánica. Nunca he sido de estos punkies que llevan cresta, creo más en la actitud que en la pose, y lo que me interesa es ser yo mismo, como Zush, que se ha creado su país, su himno, su bandera y su lenguaje. Es difícil ser anti-sistema porque si vas a la contra no existes”.

Olot es una ciudad pequeña que tuvo una próspera burguesía liberal y una casta de pintores reconocidos a principios del siglo XX. “La escuela no estaba masificada, empezamos cuarenta y acabamos siete, y el nivel lo pones tú. Cuando estudiaba era rápido con la repromaster, la fotocopiadora, el cúter y las letrasets. Un día, llegó un profesor y nos dijo que nos iba a enseñar diseño por ordenador. Al principio me lo tomé a broma; de crío había tenido uno para jugar a matar marcianos en la tele, me había cansado de él y lo tenía guardado en el fondo de un armario. Fue una iniciación flipante. Al cabo de tres meses me compré el primer mac, pero siempre empiezo gabarateando en un papel. Las tipografías las creo en papel milimetrado y luego las escaneo”.

Alex ha aprendido más en la calle que en la escuela. Mientras estudiaba, se impuso la obligación de ir a Barcelona cada jueves para observar y ver exposiciones, pero sobre todo empleaba el tiempo en hojear libros de diseño en las librerías y portadas de discos y compactos en las tiendas de discos. “Veía gratis diseños que se hacían en todo el mundo. Uno de mis grupos favoritos son The Pixies. El grupo me entró por las portadas de Vaughan Oliver. También me interesó Autechre por las portadas de los Designers Republic”.

Las motos, la música rock de su padre y el ojo fotográfico de su madre, que es de Ciudadela, le han marcado mucho en su trabajo. “En cuarto de EGB nos hicieron cantar, como no sabía ninguna canción infantil imité los ritmos de la guitarra de Satisfaction de los Rollings, y la profe exclamó: “¡Qué pasa con este crío!”. Cinco años después no le dejaron matricularse en el siguiente curso por haber rebasado el número de campanas permitidas. Fue a parar a un colegio del Opus donde descubrió las chicas y el sexo.

Alex ha crecido y sueña con vivir en Ciutadella, Menorca, donde nació y vivió hasta los cuatro años y donde va siempre que puede pues allí se tranquiliza y puede respirar de manera diferente. Cuando abre la puerta de su coche se inclina sobre la guantera y me enseña dos coches de scalextric último modelo que acaban de regalarle. Es lo único que apacigua su sed de diseño.

 

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Después del toro de Osborne, se metió con otro símbolo español, pero esta vez muy en serio: diseñó el logotipo conmemorativo del centenario de Salvador Dalí. Desde diciembre de 2001 dejó de dar clases en Eina, Escola d’art i disseny, por aburrimiento. Su trabajo se expuso en lugares de los cuatro continentes y recibió premios como el One Show Design de Nueva York, un Merit Award en los Ed-Awards en Estocolmo o un Merit Award del Art Directors Club de Nueva York. A nivel nacional ganó los Premios Laus, los Daniel Gil de Diseño Editorial, el Marc Martí de carteles entre otros. Publicó Visualizing Culture , un libro de 256 páginas sobre su trabajo. Y otros 23 libros en su editorial, Cru. Dejó de comprar el Rockdelux y volvió a ser socio del Barça. Viaja más que antes y Ciutadella de Menorca sigue siendo su paraíso terrenal. Tuvo un hijo, Max.