Aleix Vidal-QuadrasNiños Malos

José María Aznar, tras ser elegido nuevo líder del PP, llamó a un exquisito catedrático de física atómica, nieto de un banquero, con el mandato de aupar el partido en Cataluña. Aleix Vidal Quadras bajó de su atalaya, situada en la cátedra de física nuclear de Bellaterra, y con vanidad científica desmontó la pretensión nacionalista de convertir contingencias en absolutos sacralizados. Éxito casi rotundo. El PP de Cataluña triplicó votos en 1995 gracias a la labor de este deslenguado que cree en la política que sirve y no usa al ciudadano.

Si en la calle Génova las trompetas tronaban a su paso, en el Palacio de la Generalitat, el President ronroneaba por los pasillos: ¡Qué desfachatez! ¡Un enemigo inteligente en mi finca! ¡Ya lo cazaré! Y lo cazó cuando el PP no consiguió la esperada mayoría absoluta en 1996. Para gobernar, Aznar tuvo que pactar con quien “abre puesto en la feria de contratación madrileña y mide al Gobierno central no por lo que hace, sino por lo que da”. Así fue como el nuevo Presidente de todos los españoles entregó la cabeza de Vidal-Quadras como remesa de cortesía a quien controlara con mano de hierro los designios de Cataluña desde 1980.

Almuerzo con Aleix en el nuevo Olivé de Barcelona. ¡Y, oh sorpresa!, me encuentro con un hombre sin rencor, que sonríe todo el tiempo con felicidad de enamorado. “Me he ido a vivir a Madrid por razones estrictamente personales. También ha coincidido con que mi lucha pública en Cataluña ha terminado. Estoy satisfecho del poso que dejo. Durante aquel tiempo, el pujolismo estaba en su apogeo y los gobiernos de Madrid dependían de sus votos. Ahora existen señales inequívocas de que el pujolismo como etapa histórica ha entrando en el ocaso. Se aproximan cambios muy sustanciales en la sociedad catalana que para nada está por la radicalización soberanista. Mi partido, con Piqué a la cabeza, quiere captar el voto convergente moderado cuando desaparezca el gran patriarca tribal. Un planteamiento que no sintoniza con lo que yo representaba. En el campo de la opinión y del activismo cultural sí seguiré operativo”.

VQ se ha separado y ha montado casa con otra mujer en Madrid. “No sabes lo bien que ahora me llevo con mis dos hijos. Me ven como a un colega y, aunque toda separación es dolorosa, vivo encantado”.

Acaba de llegar de Estrasburgo, es vicepresidente del Parlamento europeo, desde donde contempla los últimos doce años de actividad política con serenidad. “Debía haber tomado decisiones más hábiles. Pagué cara mi inexperiencia. Quien se mete a los veinte años en la política profesional adquiere las marrullerías propias de este campo. Yo me metí a los cuarenta y provenía de la universidad. Un mundo en el que el argumento racional demostrado se impone siempre. En el mundo político, esta norma es irrelevante. Lo que cuenta es la técnica de conseguir el poder, y vale casi todo. Es el mundo de las apariencias y no el de las realidades. Por eso la gente se vuelve escéptica y no entiende dónde van los políticos ni lo que dicen”.

VQ está convencido de que en las próximas elecciones autonómicas Maragall ganará, de que la sociedad catalana reaccionará frente al ombliguismo y de que se producirá una reacción liberadora que acabará con este tipo de corsés. “El liderazgo de Pujol ha sido polivalente: político, ideológico y cultural. La desaparición del gran patriarca desintegrará el movimiento. Pensar que Josep Antoni Durán i Lleida o Artur  Mas puedan llenar el hueco suena a chiste”.

El vicepresidente del parlamento europeo dispara optimismo mientras saborea los manjares de la buena mesa. Y confiesa que si Maragall consiguiera dominar su propia confusión mental, representa una Cataluña más abierta, innovadora y receptiva, más civilizada que romántica.

La voz quebrada de este tauro que desde niño vive la autosuficiencia como un estado natural –hijo único de padres separados en tiempos en los que tal eventualidad era juzgada como escabrosa- esconde un antes y un después. A sus treinta y nueve años, 1984, el destino se la jugó: Aleix es obstinado y la ciencia médica le salvó de un cáncer de laringe. Aquel acontecimiento fue simiente de una revelación. Tras veinte años en la investigación universitaria, el personaje recuerda el día en que, caminando desde la estación de Bellaterra hasta la Facultad de Ciencias, pensó que la vida es finita, que estaba harto de dar clases y que quería empezar algo más vital y humanista con que sacarle más jugo a la vida. Se metió en política y a los pocos años aceptó la oferta de ir como número dos en la lista del PP por Barcelona.

En 1983, militó en Unió. A los seis meses percibió que el liberalismo conservador de los cristianos, él era agnóstico, escondía un nacionalismo reduccionista, se dio de baja y se apuntó en AP. Y en AP lo consideraron un catalanista peligroso porque en los actos públicos hablaba catalán. En esta ocasión, aguantó como cuando era niño y la abuela materna, con quien vivió hasta los catorce años, entraba en su habitación, le interrumpía su avidez por la lectura de Walter Scott o Alejandro Dumas y, a las tres de la madrugada, le apagaba la luz. A la abuela no sólo le preocupaba su salud, también la factura.

“A pesar de mis buenas notas, no fui un empollón. En mi mundo reinaba la inseguridad por no tener una familia como los demás. La lectura y ser un estudiante ejemplar en las Escuelas Pérez-Iborra, un colegio laico y conservador cuyas características eran la fortísima exigencia en el rendimiento académico y una disciplina casi cruel, tuvo una repercusión en mi manera de hacer. Doña Montserrat, la directora, era una mujer legendaria con un carácter fortísimo que domaba a niños rebeldes sin compasión”. Así fue como VQ, desde crío, encontró una certidumbre en su eficacia y un mecanismo de compensación a su perplejidad ante la vida.

El café caliente provoca intimidades remotas. A los diecisiete años, Aleix leyó El mito de Sísifo y El hombre rebelde de Albert Camus. Y se enfrentó solo, en la España mojigata de posguerra, a una experiencia iniciática en el que la fe religiosa no tenía porqué ser lo más noble. Un año después, pese a su vocación humanista, tras una decisión racional y fría, optó por entrar en el misterio de las ciencias duras y seguir como autodidacta en el estudio de la historia, la literatura y la filosofía. Buscaba una formación lo más completa posible.

¿Europa?, le pregunto a modo de conclusión. “En el presente me fascina conocer cómo se articula Europa como entidad política. Cómo diseñar una arquitectura constitucional, jurídica y política para una unión con treinta estados, dónde el choque entre identidades plantea retos, da mucho de sí. En el tema de Europa existe un margen de incertidumbre altísimo y profundamente inquietante. Es irreversible pero nadie sabe a dónde conduce. Además faltan los Jefferson, Madison y Monroe que sí sabían lo que querían. 

Aleix Vidal-Quadras, rara avis, se ha humanizado, pienso, y desaparece entre un sinfín de guardaespaldas.

 

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Aleix ahora firma como Alejo. Mantiene un activo escaño representando al PP español en la Eurocámara desde 1999 y ha llegado a ser en la actualidad Vicepresidente Primero del Parlamento Europeo. Desde su blog en el portal periodistadigital.com participa con encono en la lucha interna de su partido. En el 2006 escribió el libro La Constitución traicionada (Libros Libres).